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Autor: Comunicaciones
04 de Mayo de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
El 10 de abril, la cápsula Orión amerizó en el Pacífico. Los titulares celebraron. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen habían viajado 406.771 kilómetros desde la Tierra — superando el récord de 400.171 kilómetros que el Apolo 13 había establecido involuntariamente en 1970 tras una explosión a bordo — y habían vuelto tras demostrar que el sistema funciona con personas adentro.
Sin embargo, Iván Ramírez Atehortúa, ingeniero aeroespacial que desde julio de 2002 trabaja como subcontratista en los sistemas de propulsión del programa espacial de la NASA y que formó parte del equipo que diseñó, desarrolló y voló las dos primeras misiones Artemis, lo dice sin rodeos:
"El cohete ya está hecho. Lo que hace falta son vehículos que permitan a los astronautas descender a la superficie de la Luna."
Esos vehículos no existen todavía en forma operativa.
La misión anterior, Artemis I en 2022, voló sin tripulación. La pregunta que quedaba era si la cápsula Orión podía sostener vida humana en las condiciones del espacio profundo: radiación, temperatura extrema, sistemas de oxígeno y agua operando lejos de cualquier posibilidad de rescate.
Habíamos volado Artemis I con unos maniquís", dice Iván. "Ahora era crucial que funcionara con seres humanos. Proveerles agua, electricidad, oxígeno, el aire para respirar. Todo eso había que probarlo. Y fue todo un éxito.
Eso es lo que fue Artemis II: la confirmación de que los humanos pueden viajar al espacio profundo y volver. La cápsula Orión no puede bajar a la Luna — para eso se necesita un módulo de descenso lunar que lleve a los astronautas desde la órbita hasta la superficie y los suba de regreso. Sin ese módulo no hay alunizaje.
La misión también dejó datos nuevos sobre uno de los retos más silenciosos del viaje espacial: la radiación cósmica. Cerca de la Tierra, el campo magnético del planeta actúa como un escudo invisible que desvía las partículas de alta energía que viajan por el universo. En el espacio profundo, ese escudo desaparece. Cuanto más lejos se viaja, mayor es la exposición.
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Los astronautas de Artemis II, al superar el récord de distancia del Apolo 13, estuvieron expuestos a niveles de radiación más altos que cualquier tripulación anterior. La presencia de Christina Koch — la primera mujer en adentrarse en el espacio profundo — abre una deuda científica pendiente: algunos estudios sugieren que las mujeres podrían presentar mayor incidencia de cánceres inducidos por radiación — especialmente de pulmón, tiroides, mama y ovario — aunque los datos siguen siendo limitados: solo entre el 12% y el 13% de quienes han viajado al espacio son mujeres.
La radiación es apenas uno de los retos. Mauricio Vinasco Téllez, coordinador del Observatorio Astronómico de la Universidad El Bosque, señala que la medicina aeroespacial enfrenta problemas igualmente complejos: la descalcificación de los huesos en ausencia de gravedad, el autoajuste de la presión del corazón, la alteración del ciclo del sueño. Resolver todo eso es condición necesaria para pensar en bases permanentes.
La NASA le encargó el desarrollo de esos módulos a dos empresas privadas: SpaceX, de Elon Musk, y Blue Origin, de Jeff Bezos. Iván confirma que ambas trabajan en ello.
Hasta hace poco, el plan era construir el Gateway — una pequeña estación espacial que orbitaría la Luna y funcionaría como punto de parada intermedio: la cápsula Orión llegaría ahí, se acoplaría con el módulo de descenso lunar, y desde ahí los astronautas bajarían a la superficie — algo parecido a un aeropuerto en órbita.
Ese plan fue cancelado por el nuevo administrador de la NASA. "Ha decidido que no vamos a usar el Gateway", explica Iván. "La NASA está en estos momentos cambiando los planes, acelerándolos para llegar a la Luna más pronto."
Sin ese aeropuerto intermedio, el acople entre la Orión y el módulo de descenso tendrá que ocurrir directamente en órbita lunar — a unos 380.000 kilómetros de la Tierra, sin posibilidad de rescate si algo falla. Por eso la NASA decidió ensayarlo primero cerca de casa: Artemis III probará ese mismo acople en órbita terrestre, a unos 400 kilómetros de altura, antes de intentarlo lejos.
Es la misma lógica del programa Apolo: no improvisar nada lejos del planeta que no hayas practicado antes cerca de él.
Hay una razón humana detrás de esa cautela. Para el profesor Vinasco, los accidentes del Columbia y del Challenger dejaron una marca que no se ha borrado: "Hoy, ni Estados Unidos ni la humanidad quieren volver a presenciar un accidente así." Artemis no avanza despacio por falta de ambición — avanza despacio porque el costo de un error ya se pagó dos veces.
A eso se suma una incógnita técnica concreta: el escudo térmico de la cápsula. El de Artemis I se dañó durante el reingreso. Para Artemis II cambiaron la trayectoria de entrada a la atmósfera para protegerlo, y funcionó perfectamente. Para futuras misiones Artemis, la compañía que fabrica la Orión podría querer hacer modificaciones a esa coraza protectora — pero Iván no sabe si tendrán tiempo. "Dependiendo de las fechas en que la NASA quiera hacer las pruebas, no sé si tengan el tiempo suficiente para hacer los cambios que querían, o si van a usar la misma coraza protectora."
Artemis III está prevista para 2027, pero el primer alunizaje — que dependería de Artemis IV o V — no tiene fecha confirmada. La única certeza que Iván transmite es que los planes siguen cambiando. Y mientras la NASA resuelve sus incógnitas técnicas, otros no esperan: según el profesor Vinasco, la carrera espacial ya no es bilateral. China, Japón, India, Corea del Sur y Emiratos Árabes han dado pasos concretos en los últimos años — sondas en órbita lunar, misiones a Marte, cohetes propios. "La llegada a la Luna por alguno de estos países generaría un cambio de paradigma en el posicionamiento científico y, por tanto, militar", advierte.
Detrás de todo esto hay una pregunta que Iván responde sin rodeos: si la humanidad llegó a la Luna en 1969, ¿por qué tardó más de medio siglo en intentarlo de nuevo?
Es muy sencillo, no hay misterio. Fue falta de visión de querer volver a la Luna, de compromiso y de presupuesto, eso es todo.
Después del Apolo 11, dice Iván, el interés cayó rápido. Las misiones se volvieron rutinarias. El Apolo 18 se canceló, y con él los siguientes. La gente se acostumbró a los viajes a la Luna y no había interés del público. Ahora, el público es el que paga los impuestos." Sin interés público no hay presión política. Sin presión política, el presupuesto nacional no asignó fondos para que el proyecto Apolo continuara. Y como resultado, dice: "Despidieron ingenieros, científicos, técnicos. Hubo una pausa. No había un plan específico para seguir.
La NASA no desapareció, pero cambió de dirección. En lugar de volver a la Luna, orientó sus recursos hacia otros objetivos: el Skylab, su primera estación espacial, y una misión conjunta con la Unión Soviética que acercó a las dos potencias de la Guerra Fría en órbita.
Luego llegó el transbordador espacial, el proyecto que durante tres décadas fue la columna vertebral de la exploración espacial estadounidense, diseñado para construir y abastecer la Estación Espacial Internacional. Iván trabajó nueve años con los transbordadores espaciales. La Luna dejó de ser una prioridad.
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Artemis existe, en parte, para que eso no vuelva a ocurrir. Su lógica no es ir y volver — es quedarse. El Polo Sur de la Luna tiene agua en estado sólido, lo que lo hace candidato para una base permanente.
Desde ahí se podría extraer Helio-3, más abundante en la Luna que en la Tierra y con potencial para fusión nuclear. Y la tecnología que se desarrolle ahí sería la base para lo que viene después: "Eventualmente continuar hacia Marte", dice Iván. "Eso va a tomar algunos años. Pero esos son los planes de la conquista del espacio."
Pero antes de todo eso, hay pasos que no pueden saltarse. Según el profesor Vinasco, varios de los experimentos programados deben realizarse directamente en la superficie lunar — tomar muestras de suelo, cuantificar la radiación in situ — y son la base para cualquier futura misión de establecer bases permanentes. Sin alunizaje, esa información no existe.
Artemis II dejó algo resuelto: los humanos pueden viajar al espacio profundo y volver.
Para Iván, que soñó con ser astronauta desde los 13 años en Bogotá y mantuvo ese sueño vivo a través del Planetario de Bogotá y la Asociación de Astrónomos Autodidactas de Colombia, el camino no fue directo. Estudió ingeniería mecánica en la Universidad Nacional de Colombia y se pagó dos maestrías en Estados Unidos con sus propios ahorros: una en ingeniería aeroespacial y otra en astronomía. Cuando finalmente aplicó a la NASA con ciudadanía americana en mano, fue rechazado por condiciones médicas. Haber llegado a formar parte de esto va más allá de cualquier logro profesional.
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