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Autor: Comunicaciones
05 de Mayo de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
En Bogotá, los residuos orgánicos de los hogares terminan en la basura mientras muchas familias gastan en alimentos que podrían producir. En ríos y quebradas de barrio conviven organismos que indican la calidad del agua, pero su lectura exige un conocimiento que pocas veces circula fuera de los laboratorios. Dos proyectos de la Universidad El Bosque llevan años trabajando en esas dos brechas: acercar esas herramientas a las comunidades que viven junto a esos recursos.
En el Foro Académico Ecobarrios en Bogotá, organizado por la universidad junto con el Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal (IDPAC), esos dos proyectos compartieron espacio con líderes comunitarios, urbanistas y funcionarios distritales que debatían cómo construir una ciudad más sostenible.
El Reporte Global de Crisis Alimentarias 2026, elaborado por la FAO y el Programa Mundial de Alimentos, estima que cerca de 6,6 millones de colombianos enfrentan inseguridad alimentaria aguda. En el barrio El Regalo, localidad de Bosa, la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas acompaña desde hace siete años al ecobarrio La Cabaña en un proceso de economía circular comunitaria que es también un proyecto de investigación formal: los residuos orgánicos de los hogares se convierten en compost, el compost alimenta huertas, las huertas producen alimentos. Lo que era basura se vuelve recurso. Lo que era gasto se vuelve ingreso.
Andrés Cortés, líder de proyección y responsabilidad social de la facultad, insiste en que los residuos domésticos tienen potencial económico real: pueden convertirse en una fuente de ingresos para las familias. El año pasado, en el marco del proyecto Bogotanidad, más de 1.200 personas recibieron formación en economía circular y cada una se fue con el kit inicial para montar una huerta orgánica en casa. Hoy el modelo apunta a replicarse en Quiba Alta, Ciudad Bolívar, donde esperan llegar a más de 200 familias e impactar indirectamente a 5.000 personas.




El profesor Cortés describe una transformación que va más allá de lo ambiental: en El Regalo, la inseguridad cedió, las familias recuperaron los espacios comunes y la producción de alimentos pasó a ser parte de la vida cotidiana del barrio. El proyecto contempla además la construcción de un corredor ecoturístico que conectará la primera estación del metro de Bogotá con El Regalo a través de la ronda del río — cerca de 800 metros de huertas urbanas gestionadas por la comunidad.
Consulta más sobre: Qué hace sostenible a una universidad más allá de sus zonas verdes
La misma pregunta que orienta el trabajo en Bosa — ¿cómo hace una comunidad para aprovechar los recursos de su propio territorio? — aparece en Usaquén y Chapinero bajo otra forma. El proyecto Frigáneas que no se lleva el río parte de un organismo casi invisible para responder esa pregunta: la frigánea, un insecto acuático de la familia Trichoptera que vive hasta dos años en el fondo de ríos y quebradas, construye su casa de seda con piedras y hojas, y muere cuando el oxígeno del agua baja. Su presencia o ausencia indica, con precisión, si un cuerpo de agua está sano o perturbado.
El proyecto fue financiado inicialmente por el Programa de Estímulos a la Excelencia 2024 de la Vicerrectoría Académica y desarrollado por el profesor Víctor Rodríguez Saavedra y la estudiante Luna Sánchez Arias, del Programa de Biología, y el profesor Andrés Rodríguez Ramírez y la estudiante Vanessa Cuervo Naranjo, de la Facultad de Creación y Comunicación.
Trabaja con cuatro comunidades: adultos mayores de la Fundación San Enrique y Santa Teresa en Santa Cecilia Alta, niños de la Biblioteca Pública Servita, adolescentes del Colegio Aquileo Parra en El Verbenal y la comunidad del Centro de la Felicidad de Chapinero. Las tres últimas fueron seleccionadas por sus iniciativas autónomas de huertas comunitarias; con la Fundación San Enrique y Santa Teresa, el vínculo es más antiguo: el Programa de Biología lleva más de una década trabajando con ellos en divulgación científica.
La frigánea no es solo el organismo de estudio: es el personaje que engancha. Alrededor de ella, el proyecto diseñó actividades que van del juego a la ciencia — bingos, loterías con especies de cuerpos de agua bogotanos, ilustración científica, construcción de habitáculos — y que incorporan herramientas de monitoreo biológico a procesos comunitarios que ya existían. El profesor Rodríguez describe un patrón que se repitió en todos los grupos: llegaban pocos, con el tiempo los grupos crecieron y se diversificaron, y la frigánea se consolidó como ejemplo central de conservación. En dos comunidades ese proceso ya derivó en algo más concreto: una iniciativa para formar a adultos mayores como científicos ciudadanos senior.
Ese conocimiento — situado, concreto, producido con la comunidad y no para ella — se construyó en siete años de trabajo conjunto en El Regalo y en más de una década del Programa de Biología con comunidades de Usaquén y Chapinero. La apuesta de los dos proyectos es que lo que funciona en El Regalo y en Santa Cecilia Alta no quede como experiencia aislada, sino que se convierta en un modelo que otras comunidades de Bogotá puedan reconocer como propio.



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