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Autor: Comunicaciones
14 de Abril de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
No toda universidad con zonas verdes es sostenible. En muchos casos, la diferencia está en decisiones que no se ven. Un campus puede tener árboles, jardines y espacios abiertos, y aun así no funcionar como un sistema sostenible. La forma en que se gestiona el agua, se diseñan los espacios o se toman decisiones sobre infraestructura define si esas áreas cumplen un papel real o se quedan en lo visual.
Esa pregunta —qué hace que una universidad sea realmente sostenible— atraviesa la agenda de la Semana Ambiental “Sostenibilidad que deja huella” de la Universidad El Bosque, un espacio que pone el foco en cómo estas ideas se traducen en decisiones concretas.
En Colombia, donde la sostenibilidad ha ganado protagonismo en la educación superior, el debate ha dejado de centrarse únicamente en acciones visibles. Hoy, el énfasis está en cómo las instituciones integran estos criterios en su operación, en su infraestructura y en la forma en que toman decisiones. De hecho, varias universidades del país han comenzado a posicionarse en mediciones internacionales que evalúan no solo el impacto ambiental, sino también su gobernanza y su capacidad de implementar estos enfoques en el tiempo.
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Ese es también el punto de partida de los investigadores internacionales invitados al evento, quienes trabajan estos temas desde la gestión y el desarrollo de infraestructura universitaria.
Las áreas vegetadas restauradas permiten que los procesos naturales ocurran de la forma más cercana posible a su estado original”, explica Rodolfo Scarati, profesor del Departamento de Ingeniería Ambiental de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de São Paulo.
En la Universidad de São Paulo, por ejemplo, esa discusión se tradujo en decisiones concretas. El plan maestro más reciente del campus —un instrumento que define cómo crece y se organiza físicamente una universidad— incorporó la sostenibilidad como un criterio obligatorio en su desarrollo.
Esto implicó cambiar la forma de entender la cobertura vegetal. Más que una apuesta estética, pasó a ser una herramienta para regular la temperatura, reducir la necesidad de aire acondicionado y mejorar el manejo del agua dentro del campus.
Ese cambio se refleja en la recuperación de pequeños cursos de agua dentro del campus. A partir de estos, se definieron franjas de protección de aproximadamente 15 metros a cada lado, donde hoy se desarrollan áreas vegetadas que funcionan como zonas de almacenamiento de agua, hábitat para fauna y espacios de uso para la comunidad.
En lugar de canalizarlos o reducirlos, la decisión fue integrarlos. Así, estos espacios no solo se conservan, sino que ayudan a mitigar inundaciones, regular la temperatura y mejorar el uso del campus.
Pero este tipo de decisiones no es la regla.
En la práctica, lo que define si un proyecto se concreta no es su impacto ambiental, sino su viabilidad. En contextos como el brasileño, el factor económico suele tener el mayor peso: el presupuesto disponible —es decir, los recursos con los que realmente cuenta una institución— condiciona desde el inicio qué proyectos son posibles.
Esto implica que lo ambiental no siempre orienta las decisiones. En muchos casos, entra después, como un requisito que debe cumplirse dentro de límites ya definidos por el presupuesto y la operación del campus.
Un caso ilustrativo se dio en la Universidad Federal de Mato Grosso, donde un proyecto de modernización energética —que incluyó el reemplazo de equipos de aire acondicionado, el cambio de luminarias por tecnología LED de bajo consumo y la instalación de paneles solares— solo fue posible cuando su financiación dejó de depender del presupuesto interno.
“El factor económico actúa como el principal elemento restrictivo y define el alcance de los proyectos antes que cualquier otro criterio”, explica Emanuella Araújo dos Santos, investigadora en sostenibilidad y doctoranda de la Universidad de São Paulo.
A través del Programa de Eficiencia Energética (PEE), un mecanismo regulado que obliga a las empresas del sector a invertir en este tipo de iniciativas, el costo fue asumido por una empresa externa. Esto cambió la lógica: la universidad dejó de financiar el proyecto y pasó a ser beneficiaria, sin asumir el gasto directo.
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Con eso, el principal obstáculo desapareció. El factor económico dejó de frenar el proyecto y permitió que la sostenibilidad pasara de ser un argumento secundario a convertirse en el eje de la decisión.
Ahí aparece una diferencia clave: los proyectos sostenibles no avanzan solo por intención, sino cuando existen condiciones concretas —financiación, operación y mantenimiento— que los hacen viables en el tiempo.
En la Universidad El Bosque, esta discusión se conecta con una apuesta institucional que entiende la sostenibilidad desde su impacto en la calidad de vida y en la relación con el entorno, integrando lo ambiental con lo social y lo humano. Al final, lo que define a una universidad sostenible no es lo que muestra, sino lo que logra poner en marcha.
Un reconocimiento que destaca la solidez de nuestras acciones y el trabajo de toda nuestra comunidad por un futuro sostenible.
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