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Autor: Comunicaciones
29 de Julio de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
La quebrada La Paramera, en Barichara (Santander), no aparece en los mapas de las grandes emergencias ambientales. Sus aguas no están altamente contaminadas y los muestreos fisicoquímicos no encienden alarmas rojas. Sin embargo, en torno a esa cuenca se libra una disputa silenciosa: cómo planificar el territorio cuando la preocupación cotidiana no es solo la calidad del agua, sino su cantidad, y cuando el tejido social que lo sostiene se debilita por el desarraigo.
En esta nota: El agua que divide · La brecha generacional · Una metodología que viaja
Juan Mauricio García, biólogo e ingeniero ambiental de la Universidad El Bosque, ha dedicado su investigación doctoral a esa pregunta. Vinculado a la Facultad de Ingeniería, con experiencia en sensores remotos, diagnóstico ambiental y planificación de cuencas, diseñó y probó una ruta metodológica participativa que pone la gobernanza —y no solo la participación— en el centro.
"Escuchar a la comunidad no garantiza gobernanza; esta exige que las prioridades de quienes habitan la cuenca orienten las decisiones” Juan Mauricio García |
La elección de La Paramera no fue casual. Barichara reúne una mezcla inusual de actores: campesinos tradicionales, familias de la llamada nueva ruralidad —personas de ciudad que compran pequeñas fincas para vivir con menos presión—, académicos, trabajadores de sectores turísticos, algunos mineros en muy pequeña escala y productores agrícolas con prácticas diversas: café bajo sombra, cítricos, leguminosas, ganadería menor con cabras. Es, en miniatura, un laboratorio de las tensiones contemporáneas entre conservación, productividad y cambios culturales.
Gráfica ilustrada de los nueve tipos de actores que conviven en la cuenca de la quebrada La Paramera, en Barichara, agrupados alrededor del río. |
La metodología del profesor García parte de un análisis multicriterio: a partir de un portafolio de nueve servicios ecosistémicos (polinización, almacenamiento de carbono, aprovisionamiento de alimentos, valores culturales del paisaje, entre otros), la comunidad prioriza lo que considera más importante: se hace por grupos —campesinos, docentes rurales, productores, nuevos residentes— y también por rangos de edad y sexo, con talleres sucesivos para contrastar resultados y negociar acuerdos. El puntaje es simple —de 0 a 9—, pero obliga a una conversación compleja: reconocer que el vecino piensa distinto y, aun así, construir un horizonte común.
El primer hallazgo fue contundente: la prioridad es el agua. “La cantidad de agua es el factor crítico y lo que ha unido a la comunidad”, dice el docente. No se trata de un colapso de calidad; La Paramera muestra leves cambios en su composición ecológica, comunes en muchas quebradas, pero la disponibilidad es incierta, especialmente en la parte baja de la cuenca, donde se han desplazado usos productivos para dar paso a urbanización o a extracción puntual. El agua organiza la conversación… y la divide.
El segundo resultado abrió una discusión profunda: generaciones distintas, prioridades distintas. Para niños y jóvenes, servicios culturales del paisaje y el cambio climático pesan más; para abuelos y agricultores mayores, la seguridad hídrica y la producción primaria siguen al frente. En medio, los adultos oscilan. Detrás de esa brecha aparece el desarraigo: “Muchos jóvenes no se ven viviendo de la tierra; ven más viable venderla e ir a la ciudad”, registra el investigador. Es una inversión del mapa aspiracional: los de la ciudad llegan al campo a contemplar; los del campo sueñan con irse a la ciudad.
"Muchos jóvenes no se ven viviendo de la tierra; ven más viable venderla e ir a la ciudad." Juan Mauricio García |
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Café bajo sombra y cítricos conviven en las fincas de la cuenca — la misma combinación productiva que el estudio identifica en riesgo con el recambio generacional. Foto: Cortesía. |
El resultado es paradójico. Podría aumentar el bosque —los nuevos residentes suelen favorecer la regeneración natural o sistemas como el café bajo sombra de bosque nativo—, pero disminuir la producción y, con ella, la continuidad de prácticas campesinas que sostienen la seguridad alimentaria y el manejo cotidiano de la cuenca. Ambientalmente, el paisaje "mejora"; socialmente, se rompe. La metodología del profesor García obliga a hablar de esa contradicción sin romantizar ninguno de los dos lados.
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La metodología fue presentada en el Consejo Europeo de Investigación en Ciencias Sociales de América Latina (CEISAL), en París, un encuentro europeo dedicado a la justicia social y ambiental en América Latina. Allí la ponencia provocó el mayor número de preguntas, centradas en la pérdida del oficio campesino y en la urgencia de planificar con las comunidades, no sin ellas.
Los resultados también fueron socializados en el Festival CTeI – Reconocernos de la Universidad El Bosque (2025), un espacio que conectó investigación, innovación y creación. La discusión sobre agua y desarraigo encontró eco entre investigadores, estudiantes y aliados del ecosistema.
El proyecto también avanza en una línea editorial. Parte de su ruta aparece en Hacia un entorno más sano, libro colectivo desarrollado por docentes de la Universidad El Bosque. Un segundo volumen, en preparación, profundizará en la metodología y en nuevos hallazgos derivados del estudio en La Paramera. En un campo donde abundan diagnósticos y escasean herramientas, dejar una guía replicable es, en sí misma, una contribución al debate público.
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El paisaje productivo de la cuenca, visto desde la parte alta. La pregunta de fondo: quién seguirá cultivándolo. Foto: Cortesía. |
El inventario de actores lo confirma: además de los campesinos multigeneracionales, están productores tecnificados de invernadero, iniciativas de cannabis medicinal, docentes rurales con alta conciencia ambiental, operadores turísticos que venden “experiencias de vida campesina” y extranjeros que adquieren predios por su valor escénico. La heterogeneidad es un dato, pero también un obstáculo para planificar “desde arriba”. De ahí la apuesta: construir acuerdos desde abajo, con números fáciles de interpretar y resultados que cada grupo reconoce como propios.
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Los próximos pasos apuntan a caracterizar con mayor precisión ese desarraigo y sus efectos. La ruta participativa —dice— ya probó que es posible, con reglas claras y lenguaje común, sentar en la misma mesa a actores con intereses contrapuestos y transformar diferencias en criterios de planificación. La lección extrapola la geografía de Santander: sin agua suficiente y sin gente que sepa vivir con esa agua, ninguna cuenca es sostenible.
En un país que aún ordena sus territorios “a espaldas del agua”, el experimento de La Paramera recuerda algo elemental: los mapas no solo se dibujan con curvas de nivel y coberturas del suelo. También se trazan con acuerdos, con renuncias compartidas y con la certeza de que la naturaleza mejora de verdad cuando las comunidades pueden —y quieren— gobernarla.
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