Columnas de opinión

La sensación de no tener un lugar: vínculos, pertenencia y prevención del suicidio

Autor: Comunicaciones

28 de Septiembre de 2026

Tiempo de lectura: 5 minutos

Rubby Castro, profesora de la Facultad de Psicología
Rubby Castro, profesora de la Facultad de Psicología, propone una mirada sobre el suicidio más allá del diagnóstico: ¿qué pasa cuando alguien no siente que pertenece?

Por: Rubby Castro Osorio
Profesora - Facultad de Psicología

 

El mundo en el que nos relacionamos ha cambiado, y no solo por la globalización o las tecnologías digitales. Podemos conversar a diario con muchas personas y, aun así, sentirnos profundamente en soledad. También han cambiado las formas de trabajar, de construir vínculos y de pedir apoyo. Hoy hablamos más abiertamente de salud mental, en parte gracias a las conversaciones que circulan en redes sociales, aunque el estigma no ha desaparecido.

 

La ciencia debe prestar atención a estas transformaciones: escuchar lo que ocurre en la vida de las personas y buscar explicaciones que nos ayuden a comprender los desafíos actuales. Las teorías clásicas siguen aportando conocimiento, pero necesitamos ampliar nuestra mirada para entender experiencias que esas teorías, por sí solas, no alcanzan a explicar.

 

Durante mucho tiempo hemos hablado del suicidio a partir de diagnósticos o factores de riesgo. Esa mirada aporta información valiosa pero ninguna condición, por sí sola, explica la historia completa. Dos personas pueden atravesar dificultades parecidas y vivirlas de maneras muy distintas. Por eso me he interesado por una pregunta más cercana a la experiencia cotidiana: ¿qué pasa cuando alguien siente que ha perdido su lugar entre los demás?

Una mirada contemporánea, como la Teoría Interpersonal del Suicidio, desarrollada por el psicólogo Thomas Joiner, propone observar dos vivencias que pueden encontrarse en momentos de gran dolor. La primera es sentir que no pertenecemos: pensar que no hay nadie con quien podamos existir de manera genuina o que nuestra presencia no hace falta en ningún lugar. Esto puede suceder incluso cuando estamos rodeados de gente. La segunda es creer que somos una carga: sentir que preocupamos demasiado a quienes queremos, que les quitamos tiempo o recursos, o que estarían mejor sin nosotros.

Hablo de vivencias porque estas ideas expresan cómo una persona interpreta sus relaciones en un momento determinado. No necesariamente describen lo que sus seres queridos piensan de ella. Sin embargo, el dolor que producen es real y merece ser comprendido. Esta teoría también distingue entre pensar en la muerte y llegar a actuar. Esa diferencia reafirma que el suicidio es un fenómeno complejo y que ninguna explicación sirve como fórmula para todas las personas.

Aunque esta perspectiva nació en el mundo anglosajón, se ha estudiado también en países latinoamericanos. Sus hallazgos nos invitan a tomar en serio la desconexión y la sensación de ser una carga en nuestros propios contextos, sin perder de vista las condiciones históricas, sociales y culturales propias, así como las trayectorias particulares que dan forma a cada experiencia.

¿Qué podemos llevar de esta reflexión a nuestras relaciones? Pensemos en gestos concretos: preguntar cómo está alguien y dar tiempo para escuchar la respuesta; hacerle saber que disfrutamos su compañía sin exigirle que siempre esté bien o sin castigar lo que siente o por cuánto tiempo lo siente; permitir que pedir apoyo sea parte de una relación recíproca. También podemos hablar de los conflictos antes de que el silencio se vuelva distancia y reconocer lo que otras personas aportan a nuestra vida.

No podemos saber todo lo que alguien está viviendo por cómo se muestra ante los demás. Sí podemos construir vínculos en los que haya espacio para decir "me siento solo o sola" o "creo que soy una carga" y recibir una respuesta que abra la conversación. 

Para mí, comprender el suicidio desde las relaciones interpersonales también es una invitación a cuidar la manera en que nos hacemos presentes en la vida de quienes nos rodean. Esa cercanía no reemplaza la atención profesional cuando se necesita, pero contribuye poderosamente a la salud mental y a la prevención del suicidio.

 

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