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Autor: Comunicaciones
04 de Marzo de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
Colombia envejece más rápido de lo que cambian sus imaginarios sociales. Mientras la esperanza de vida aumenta y la natalidad disminuye, persisten estereotipos que desvalorizan a las personas por su edad. Esta forma de exclusión —conocida como edadismo— no se limita a la vejez: atraviesa todo el curso de vida y opera tanto contra quienes son considerados “demasiado jóvenes” como contra quienes son vistos como “demasiado mayores”.
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y prácticas de discriminación dirigidos hacia las personas en función de su edad: cómo pensamos sobre ellas, qué creemos y cómo actuamos. Cuando se expresa específicamente contra personas mayores, adopta una forma particular denominada viejismo.
A diferencia del racismo o el sexismo, tiene una singularidad estructural: es la única forma de discriminación que potencialmente puede afectar a todas las personas en distintos momentos de su vida. Además, suele estar normalizada e incluso justificada. Expresiones como “ya no tiene edad para eso” o “todavía es muy joven para…” revelan una exclusión silenciosa pero arraigada.
Para la profesora Ana María Salazar, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad El Bosque y Ph.D. en Neurociencias, esta naturalización es uno de los mayores riesgos. “El edadismo opera en doble vía y es transversal al curso vital”, explica. En personas mayores persiste el estereotipo de obsolescencia o baja productividad; en jóvenes, el prejuicio gira en torno a la supuesta inexperiencia o inmadurez. En ambos casos se restringen oportunidades y se afectan la autoestima, la autoeficacia y la salud mental.
Este fenómeno adquiere mayor relevancia en el contexto de la transición demográfica. Colombia experimenta una disminución sostenida de la natalidad y un aumento en la esperanza de vida, un proceso que modifica la estructura poblacional y amplía la convivencia intergeneracional. Durante décadas, las sociedades organizaron sus sistemas económicos alrededor de una idea de productividad asociada a ciertos años “centrales” de la vida. Esa lógica consolidó la percepción de que la vejez equivale a improductividad o dependencia.
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Hoy conviven dos narrativas frente al envejecimiento. Una lo interpreta como “carga fiscal” y presión sobre sistemas de salud y pensiones. Otra lo concibe como capital social y experiencia acumulada. La diferencia no es menor. Según la profesora Salazar, la forma en que el país gestione esta transición dependerá de si adopta un enfoque de derechos —como el promovido por la Organización Panamericana de la Salud— o si mantiene un enfoque asistencialista que reduce la vejez a dependencia.
Cuando estas tensiones no se abordan con políticas claras, emergen discursos de competencia intergeneracional por empleo, recursos o representación política. La consecuencia no es solo económica; afecta la legitimidad y el sentido de pertenencia de cada grupo etario.
Esa tensión se refleja con claridad en el mercado laboral. El informe Generaciones 2025 muestra que el 50 % de las personas mayores de 50 años reporta haber sufrido discriminación laboral por su edad. Al mismo tiempo, jóvenes entre 20 y 30 años también declaran experiencias similares. Las cifras confirman que el edadismo no es exclusivo del viejismo: se dirige a la edad misma.
El mercado laboral colombiano continúa reproduciendo imaginarios rígidos sobre una “edad ideal productiva”. En mayores se activa la idea de obsolescencia; en jóvenes, la sospecha de inmadurez. La Organización Mundial de la Salud advierte que estos estereotipos impactan la salud mental, el desempeño y las oportunidades económicas. Sin embargo, muchas de estas prácticas no se registran como actos formales de discriminación. Desde la psicología social, esta brecha entre percepción y denuncia se explica por la discriminación estructural internalizada: barreras simbólicas y culturales que operan sin necesidad de un acto explícito.
El 50 % de personas
Las consecuencias del edadismo no se limitan al empleo. El estudio IMABIS —Indicadores de Maltrato y Bienestar Subjetivo en Personas Mayores— desarrollado por la Facultad de Psicología en alianza con otras universidades del país, encontró que el maltrato psicológico es la forma más frecuente de violencia hacia personas mayores. Además, evidenció una correlación entre haber sufrido actos de maltrato por edadismo y mayores índices de dependencia funcional, enfermedades crónicas, depresión, viudez y baja escolaridad.
Estos factores individuales se entrelazan con condiciones estructurales. Cuando la cultura refuerza narrativas de inutilidad o carga, pueden legitimarse decisiones paternalistas o actos de desvalorización. La OMS reconoce el edadismo como un factor de riesgo transversal para la violencia contra personas mayores. En contextos donde los sistemas de cuidado recaen casi exclusivamente en las familias, sin apoyos suficientes en educación y recursos, aumentan las tensiones y la sobrecarga del cuidador.
Las desigualdades territoriales amplifican el fenómeno. El estudio identificó mayor incidencia en la Costa Atlántica, región con brechas significativas en pobreza multidimensional y acceso a servicios, según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística. Desigualdades socioeconómicas marcadas y menor cobertura institucional pueden incrementar el estrés familiar y limitar redes formales de apoyo, elevando la vulnerabilidad al maltrato.
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La dimensión de género añade otra capa de complejidad. Las mujeres viven más años, pero llegan a la vejez con menor acceso a educación formal, empleo estable y pensiones suficientes, debido a brechas históricas y a la sobrecarga del trabajo de cuidado no remunerado. La combinación de sexismo y edadismo configura una intersección de vulnerabilidades que amplifica exclusión social y económica.
En el extremo opuesto del ciclo vital, la exclusión de jóvenes de espacios de liderazgo y toma de decisiones también tiene efectos estructurales. La Organización Panamericana de la Salud advierte que esta exclusión sistemática erosiona la cohesión social. La desconfianza intergeneracional debilita el capital social del país y reduce la capacidad colectiva de cooperación.
El edadismo, entonces, no es un problema individual ni aislado. Tiene implicaciones sociales y económicas de largo alcance. Si Colombia no ajusta sus sistemas de salud, empleo y protección social a una población más longeva, aumentará la presión fiscal y hospitalaria, se ampliarán brechas de inequidad y crecerá la pobreza en la vejez. No adaptarse implica desaprovechar el potencial productivo y social de generaciones diversas.
Frente a este panorama, la OMS promueve el marco de Envejecimiento Saludable, centrado en autonomía, participación y entornos amigables para todas las edades. Desde el Estado, esto implica políticas públicas sin sesgo etario y fortalecimiento de sistemas de cuidado. Desde las organizaciones, eliminar límites injustificados y promover mentorías bidireccionales. Desde la academia, investigación longitudinal y formación en derechos humanos y curso de vida.
Desde la Universidad El Bosque, esta reflexión también ha encontrado una expresión cultural. La profesora Salazar impulsó la canción Por ser mayor como una forma de ampliar la conversación pública y cuestionar narrativas limitantes sobre la edad. En un país que envejece, el desafío no es solo sostener el sistema. Es transformar la manera en que entendemos el valor de cada etapa de la vida.
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