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Autor: Comunicaciones
15 de Octubre de 2026
Tiempo de lectura: 8 minutos
Colombia sigue registrando sismos porque en distintas zonas del país coinciden fenómenos distintos: las réplicas del terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto, un enjambre sísmico en Istmina, Chocó, y una nueva secuencia sísmica en Chaparral, Tolima, cuyo origen aún se estudia. A diferencia de las réplicas, un enjambre no se origina en un único sismo principal y puede prolongarse durante días o semanas.
Hasta el 29 de septiembre, el Servicio Geológico Colombiano (SGC) había localizado al menos 1.105 sismos en Chaparral, donde la secuencia comenzó el 20 de septiembre, y más de 1.541 en Istmina desde el 10 de agosto. En Chaparral, sin embargo, la frecuencia diaria de sismos viene disminuyendo desde el 25 de septiembre.
Ricardo Antonio Tobón Rojas, geólogo y profesor de Geología y de Gestión del Riesgo en el Programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad El Bosque, explica qué distingue a estos fenómenos y qué se puede —y qué no— concluir de ellos.
Un enjambre sísmico es una acumulación de sismos, por lo general de baja magnitud, en una zona reducida. “Es un reacomodo dentro de la placa”, explica el profesor Tobón. Una réplica, en cambio, es consecuencia directa de un sismo principal. Chocó vive ambos fenómenos al mismo tiempo:
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Fuente: SGC, corte al 29 de septiembre. |
Chaparral está en una zona atravesada por fallas geológicas; en el mapa del SGC, la secuencia se concentra cerca de la falla de Cucuana. Estas fracturas, explica el experto, pueden extenderse bajo la superficie y son vías por las que se libera la energía acumulada en el interior de la placa.
Según el SGC, los sismos de Chaparral son superficiales: se originan a menos de 30 kilómetros de profundidad. La mayoría ha oscilado entre 2,5 y 3,5 de magnitud; hasta el 29 de septiembre, 24 habían alcanzado 4,0 o más, y los más fuertes, 4,5.
Son magnitudes bajas y, aun así, se sienten con fuerza. Para entenderlo hay que distinguir entre magnitud e intensidad: la magnitud mide la energía que libera un sismo en su origen; la intensidad, qué tan fuerte se siente en un lugar. Y uno de los factores que más influyen en la intensidad es la profundidad.
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Esa poca profundidad explica por qué se perciben con tanta intensidad. El profesor Tobón lo compara con lanzar una moneda a un estanque: “Justo donde entra, la onda es mucho mayor, y a medida que se aleja va perdiendo energía”. Del mismo modo, cuando un sismo se origina cerca de la superficie, la sacudida recorre menos camino y llega con más fuerza.
Lo contrario ocurre en la Mesa de Los Santos, en Santander. Allí se registran sismos de magnitud similar, pero a unos 150 kilómetros de profundidad —al menos cinco veces más abajo que los de Chaparral—, y por eso casi no se sienten. La magnitud es parecida; la intensidad, no.
En Chaparral, el punto más alto llegó el 22 de septiembre, con 212 sismos en un solo día; hasta la tarde del 29, en cambio, se habían registrado apenas 20.
Ese comportamiento, explica el geólogo, es frecuente en episodios de este tipo: “Comienzan a aparecer, liberan mucha energía de manera constante y, de un momento a otro, pueden desaparecer”. Pero que la actividad disminuya no significa que haya terminado: ese mismo día, un sismo de magnitud 4,2 volvió a sentirse con fuerza en la región.
No. Un enjambre puede ser apenas un reacomodo de la placa que se apaga después de liberar energía, o puede anteceder un sismo más fuerte, y su comportamiento no permite distinguir de antemano un caso del otro. Por eso el profesor habla de una paradoja: “Puede que sí, como puede que no”.
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La limitación no es exclusiva de los enjambres: con el conocimiento científico actual, ningún sismo puede predecirse, como reitera el SGC en sus boletines. Lo que sí existe, explica, son sistemas capaces de detectar un movimiento y, en algunos lugares, dar segundos de alerta antes de que lleguen las ondas. Cualquier mensaje que asegure predecir un temblor es falso.
Si esos mensajes circulan tanto, añade, es porque la gente busca certezas: “Somos humanos y nos gusta tener cierta seguridad frente a algo tan complejo como el movimiento del planeta”. De ahí que quien promete una fecha resulte más creíble que el experto que reconoce la incertidumbre, y eso solo alimenta el pánico.
El SGC estudia dos hipótesis. La primera, cuyo director general, Amat Zuluaga Guerra, considera la principal, es una transferencia de esfuerzos: el sismo de agosto habría alterado el equilibrio de presiones bajo tierra y desplazado fluidos en la corteza, un proceso que puede inducir nuevos temblores. La segunda es que los sismos de Chaparral responden a la actividad de las fallas locales, sin relación con Chocó.
El profesor Tobón considera prematuro inclinarse por la primera: “Todavía no tenemos la suficiente evidencia técnica y científica para decir que fue una transferencia de esfuerzos desde Chocó hasta Chaparral”. También se ha planteado una posible relación con la actividad volcánica de la región, pero el SGC no la ha comprobado hasta ahora.
El docente descarta, en cambio, cualquier relación con la fracturación hidráulica, o fracking: “No se ha desarrollado en Colombia, y mucho menos en esa zona. No hemos hecho ni siquiera los pilotos iniciales”.
En Colombia tiembla con frecuencia porque allí interactúan las placas de Nazca, Suramericana y Caribe. Por eso, advierte Tobón, puede temblar en cualquier momento en buena parte del país.
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Al profesor le preocupa una idea que se repitió en Chaparral: que allí nunca había temblado. La historia la desmiente. “No conocer la geología es lo que nos hace creer que aquí nunca ha pasado nada”, afirma.
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A esa idea se suman otros mitos. “Todavía me preguntan si hay alguna relación entre el calor del fenómeno de El Niño y los sismos”, cuenta el docente. No la hay, aclara: el clima no incide en el movimiento interno del planeta.
Pero el problema de fondo, para él, es otro. “No somos un país prevencionista. Reaccionamos cuando ocurre la tragedia: ahí sí declaramos emergencia, porque ya se cayeron los edificios”, sostiene. Muchos municipios, agrega, tienen desactualizados sus planes de gestión del riesgo y de ordenamiento territorial, herramientas que permiten identificar dónde un sismo puede provocar deslizamientos o sentirse con más fuerza por el tipo de suelo.
Tobón propone empezar por tres medidas:
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“Uno puede ser el mejor en sismología, pero si no sabe cómo llegarle a una comunidad para que tenga cultura de la prevención, no estamos haciendo nada”, resume. |
Entender por qué tiembla en Colombia no permite saber cuándo ocurrirá el próximo sismo. Pero sí permite reconocer que estos movimientos forman parte de la dinámica del territorio y que la preparación no debería comenzar cuando ocurre una emergencia.
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