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Autor: Comunicaciones
01 de Septiembre de 2026
Tiempo de lectura: 8 minutos
El pasado 22 de agosto, la temperatura media diaria global de la superficie del mar alcanzó un récord de 21,1°C, según confirmó el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) de la Unión Europea, superando el registro anterior de marzo de 2024. El dato llamó la atención por el momento en que ocurrió: los picos de temperatura oceánica suelen presentarse entre marzo y abril, no en agosto.
Para la entidad, esto es una señal de que el océano está bajo cada vez más presión: El Niño está sumando calor a un sistema que ya lleva décadas calentándose por la actividad humana, explicó Samantha Burgess, una de sus líderes, en el comunicado del 24 de agosto. Esa combinación ha más que triplicado, desde los años noventa, el número de días con olas de calor en el mar.
Un dato que coincide |
En Colombia, la alerta ya se tradujo en decisiones de fondo. A finales de julio, el Gobierno decretó situación de desastre nacional y trasladó 4 billones de pesos a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). El decreto identifica 558 municipios en riesgo alto o muy alto de quedarse sin agua; 111 de ellos, en nivel crítico.
Días antes, el Ideam ya había confirmado un 69% de probabilidad de que el fenómeno alcance su nivel más alto, "muy fuerte", entre octubre y diciembre —lo que superaría todos los eventos de El Niño registrados desde 1950—, y más del 90% de probabilidad de que persista hasta el primer trimestre de 2027.
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El Niño no es un fenómeno aislado: es una de las tres fases de un ciclo climático natural que ocurre desde que existe el planeta, conocido técnicamente como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Este ciclo se repite en promedio cada dos a siete años, y cada fase suele durar entre 9 y 12 meses. Cuando el Pacífico se calienta más de lo normal, se habla de "El Niño"; cuando se enfría, de "La Niña"; y cuando no pasa ninguna de las dos cosas, se le llama condiciones neutras.
En condiciones habituales, los vientos alisios empujan el agua caliente del Pacífico hacia Asia. Durante la fase de calentamiento, esos vientos se debilitan y esa agua se desplaza hacia Suramérica; el calor que libera sube a la atmósfera y altera dónde llueve en buena parte del mundo. Así lo explican la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la NOAA. No todos los episodios son igual de intensos. Los más fuertes hasta ahora ocurrieron en 1997 y 2015.
¿De dónde viene el nombre? |
El panorama actual se agrava por otro fenómeno, según la OMM: el Dipolo del Índico. Ocurre en el océano Índico, donde un lado del mar se calienta mientras el otro se enfría —de ahí el nombre "dipolo", que significa dos polos opuestos—. Cuando el lado más cercano a África está más caliente de lo normal, se le llama fase positiva. Y cuando esa fase positiva coincide con El Niño, los dos fenómenos se refuerzan entre sí.
Sobre el territorio, las consecuencias ya son visibles. Tolima se ha consolidado como el epicentro de los incendios forestales del país durante este episodio. Eso llevó al Ministerio de Salud a activar vigilancia sanitaria por la exposición al humo y el deterioro del aire, y al Ministerio de Ambiente a suspender temporalmente las quemas controladas.
VIDEO | Así se comporta la temperatura del océano:
Animación de las anomalías de temperatura superficial del mar. Crédito: Imagen tomada de copernicus.eu/video realizado con IA
Para el profesor Alfonso Avellaneda, docente del Programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad El Bosque, la señal de alarma ya está en los ríos. "La disminución del caudal del Magdalena es supremamente preocupante y obviamente esto tiene que ver con todo el efecto sobre los departamentos del Huila, del Tolima y de Cundinamarca, hasta la zona de Honda", advirtió el docente recientemente en entrevista con Noticias Caracol.
¿"Superniño"? |
La advertencia no es nueva. El profesor Avellaneda ya lo había anticipado en abril, en entrevista con El Heraldo: la sequía comenzaría entre junio y julio, se agudizaría en septiembre y podría extenderse hasta marzo de 2027. El mecanismo, explicó entonces, tiene que ver con la corriente de Humboldt, un flujo frío que recorre la costa oeste de Suramérica y retiene las lluvias en el sur —Ecuador y Perú— mientras deja al Caribe y a la región Andina colombiana más expuestos a la sequía.
Las consecuencias no se limitan al río. El profesor señaló que la generación de energía en las hidroeléctricas —particularmente en el Alto Magdalena y en El Quimbo— podría verse comprometida, con repercusiones sobre el suministro de agua en regiones como el Valle del Cauca. Ciudades con debilidades estructurales en su sistema de acueducto, como Cartagena y Santa Marta, quedan en una posición especialmente vulnerable.
El profesor Avellaneda también llama la atención sobre las termoeléctricas, como las de Paipa, que consumen altos caudales de agua, y recuerda que, por ley, las entidades públicas deben garantizar dos prioridades por encima de cualquier otro uso: el consumo humano y el abrevadero de ganado.
Imagen realizada con IA
Frente a ese panorama, el docente ha insistido en salidas concretas: reservas de agua construidas por las propias comunidades y jagüeyes —pequeños estanques que recogen agua de lluvia— en zonas ganaderas para amortiguar el efecto sobre la producción agropecuaria. También propone aprovechar la depresión Momposina, una zona baja e inundable en el norte del país, como fuente de bombeo para poblaciones vecinas, y recuperar barreras cortafuegos ancestrales —zanjas usadas históricamente por comunidades campesinas— para proteger las fuentes de agua del riesgo de incendios. A esto se suma la apuesta del Gobierno por los paneles solares, que buscan reducir la dependencia de grandes hidroeléctricas.
Un patrón que se confirma |
Más allá de las medidas institucionales, el docente insiste en lo que llama una "cultura del agua": hacer un uso racional del recurso, gastando lo menos posible, porque eso es lo que beneficia a la mayoría.
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Los datos oficiales coinciden entre distintas entidades: hay meses de anticipación antes de que la situación se agudice, entre octubre y diciembre. Ese margen de tiempo es clave, porque muchas de las acciones para enfrentar el fenómeno están al alcance de cualquiera, empezando por la comunidad universitaria:
Para reducir el consumo de agua: cerrar bien las llaves, tomar duchas de máximo 3 minutos, revisar fugas en llaves y tuberías, y priorizar cargas completas en lavadoras.
Para aprovechar mejor el agua: reutilizar el agua mientras se calienta la ducha, evitar el lavado de vehículos con manguera y aprovechar el agua lluvia para riego o limpieza cuando sea posible.
En el consumo de energía: apagar luces y equipos que no se estén usando, dado que cerca del 70% de la energía del país depende de las hidroeléctricas afectadas por la sequía.
Frente a los incendios: evitar quemas abiertas y reportar focos de incendio a las autoridades ambientales locales.
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Las decisiones sobre infraestructura, presupuesto y operación determinan si un campus es sostenible en la práctica.
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Nos consolidamos como líderes en sostenibilidad, con un desempeño sobresaliente en gestión del agua, movilidad sostenible y educación ambiental.
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