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Autor: Comunicaciones
11 de Agosto de 2026
Tiempo de lectura: 10 minutos
Un terremoto fuerte como el que recientemente remeció a Colombia deja, además de daños materiales, un saldo de muertos y heridos que las autoridades tardan días en contabilizar. Mientras el país se concentra en la respuesta inmediata —rescate, refugio, atención médica—, hay una afectación que no se ve en las fotografías de los edificios colapsados: la que queda en la mente de quienes lo vivieron, y de quienes, sin haber estado ahí, no han logrado dejar de pensar en ello.
Aunque el suelo haya dejado de moverse, durante las horas y los días siguientes el cuerpo puede seguir comportándose como si la amenaza estuviera ahí: cuesta dormir, aparecen pesadillas, cualquier ruido sobresalta, las imágenes regresan una y otra vez, y algunas personas sienten incluso que todavía están temblando. Nada de eso significa, por sí solo, que algo esté mal.
Camilo Espinosa, psicólogo clínico y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad El Bosque, explica qué le ocurre a la mente después de un evento así y cómo acompañar a quienes más lo necesitan.
Lo importante Después de un terremoto es esperable sentir miedo, ansiedad o tener dificultades para dormir. Lo importante es observar cómo evolucionan esas reacciones y buscar ayuda si persisten o impiden retomar la vida cotidiana. |
La reacción de cada persona ante el sismo mezcla factores biológicos, genéticos, de crianza y de experiencia. Haber vivido antes un desastre, ser una persona más ansiosa o haber crecido en un entorno donde ciertas amenazas fueron frecuentes puede influir en cómo responde cada uno.
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Es, dice el profesor Espinosa, el mismo tipo de combinación que determina si alguien desarrolla o no un problema de alcoholismo: carga genética junto con el ambiente en el que creció. Por eso, el pánico de unos y la calma de otros durante el sismo no son una medida de fortaleza, y tampoco existe una única manera correcta de reaccionar. La pregunta importante empieza después: qué hacer con ese miedo cuando la emergencia inmediata ha pasado.
Quienes estuvieron en las zonas más afectadas no deberían exigirle a la mente, en los primeros días, que vuelva a la normalidad. Cuando hay personas heridas, viviendas destruidas o familias que no saben dónde pasarán la noche, la prioridad sigue siendo física: seguridad, atención médica, comida, agua, techo e higiene. En esas circunstancias, permanecer en alerta es una reacción comprensible.
El docente recomienda recuperar poco a poco las condiciones que permitan sentirse seguro: comer algo que guste, tomar algo caliente, conversar con la familia, abrazarse, orar si se es una persona espiritual. No se trata de obligarse a estar bien, sino de devolverle al cuerpo señales de cotidianidad.
No hay un cronómetro que permita decidir cuándo esa reacción deja de ser normal, y el ritmo depende de lo que cada uno haya vivido. En quienes no sufrieron pérdidas directas, se espera que durante los días siguientes se recupere progresivamente el sueño, la alimentación y las actividades habituales. "Estamos hablando de unos 5 a 7 días", dice. La primera semana puede seguir siendo incómoda.
¿Cuándo pedir ayuda?
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Lo que importa es la evolución. Si pasan los días y el miedo no disminuye, si las pesadillas continúan, la irritabilidad aumenta o una persona empieza a evitar actividades cotidianas —entrar a un edificio, subir escaleras, salir de casa—, "lo más recomendable efectivamente es asistir a un especialista de salud mental". La tristeza, el miedo o la rabia después de una pérdida no son por sí mismos una enfermedad; lo preocupante es que el sufrimiento se vuelva persistente, se intensifique o impida a la persona funcionar y cuidarse.
Ese margen de tiempo cambia por completo para quienes perdieron su vivienda: ahí la pérdida no termina en lo material. Una casa también representa seguridad, recuerdos, estabilidad y una idea de futuro; su desaparición puede producir tristeza, rabia, ansiedad y angustia por lo que viene. "En cierta medida es un duelo también", dice.
El acompañamiento cambia con el tiempo. Al principio puede consistir en conseguir un lugar donde dormir o algo para comer. Después, en ayudar a encontrar recursos —familiares, comunitarios, institucionales— que permitan reorganizar la vida. Y también en algo menos tangible pero fundamental: dejar que la persona hable, llore, se enoje o permanezca en silencio, sin presionarla para que supere rápidamente lo ocurrido. "Pedir ayuda también es una habilidad", subraya: ahí, dice, el acompañamiento profesional deja de ser opcional. "En esos casos, sí o sí se recomienda."
Hay una situación particularmente dura después de un desastre: no saber. Para las familias que todavía buscan a un ser querido desaparecido o incomunicado, la recomendación es combinar paciencia con persistencia: usar los canales oficiales, las redes familiares, los medios y las autoridades para reconstruir información sobre su paradero. Lo que no conviene es desplazarse por cuenta propia a una zona afectada sin conocer las condiciones de seguridad —la urgencia por encontrar a alguien no debería poner en riesgo a otra persona.
Con los niños, la regla es todavía más importante: no llenar la incertidumbre con certezas inventadas. Si no se sabe qué ocurrió con un familiar, no hay que prometerle a un niño que todo saldrá bien, pero tampoco decirle que la persona murió si no existe confirmación. "Ser honestos de que hay incertidumbre, no sabemos lo que pueda pasar con esa persona", señala.
Si la muerte ya se confirmó, se puede hablar de ella con claridad y de acuerdo con la edad del niño, sin exponerlo a detalles morbosos, y dejándole espacio para reaccionar a su manera: algunos preguntarán mucho, otros se quedarán callados, jugarán o cambiarán de tema. No existe una reacción única frente al duelo.
Quienes no estuvieron en las zonas afectadas pueden sentir que el terremoto continúa ocurriendo en la pantalla. Las imágenes de edificios destruidos y las noticias sobre nuevas réplicas pueden mantener la sensación de amenaza a cientos de kilómetros de distancia. El profesor recomienda no aislarse de la información, pero sí dosificarla: establecer momentos concretos para informarse —mañana, mediodía, noche— y después volver a las actividades. Dejar las noticias encendidas durante horas o revisar las redes de forma compulsiva no aumenta la capacidad de ayudar; puede aumentar la ansiedad.
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Informarse, en una emergencia, también significa saber qué no compartir. Los mensajes sobre supuestas réplicas, cifras sin confirmar o causas del terremoto pueden multiplicar el miedo si vienen de fuentes no confiables. Antes de reenviar algo, conviene preguntarse quién lo dijo, de dónde salió y si una autoridad o institución lo ha confirmado.
Qué hacer Consultar fuentes oficiales | Qué evitar Revisar redes compulsivamente |
Después de un terremoto es natural pensar en la posibilidad de que vuelva a ocurrir, y ahí es donde tomarse en serio los simulacros deja de ser un trámite y se vuelve una herramienta real de salud mental.
El docente habla de coping ahead: prepararse con anticipación para una situación difícil. Practicar qué hacer, imaginarse afrontando con éxito el momento, aumenta la probabilidad real de reaccionar bien cuando ocurre de verdad, y reduce el malestar emocional que produce sentirse indefenso. "Si tengo un plan, si practico, si tengo una idea de cómo reaccionar, mi respuesta puede ser mucho más precisa", dice. La preparación, aclara, no consiste en vivir esperando una catástrofe ni en sentarse a catastrofizar sin control, sino en reducir la incertidumbre sobre aquello que sí se puede controlar.
Contribuir también puede ser una manera de procesar lo ocurrido, y no necesariamente implica viajar a una zona de desastre. En las primeras horas, puede ser más útil dejar trabajar a los organismos de socorro y seguir sus instrucciones. Después, cuando se habiliten los mecanismos oficiales, se puede donar dinero, bienes o tiempo a través de organizaciones como la Cruz Roja Colombiana. Pero también cuentan las formas pequeñas de acompañar: llamar a un familiar, preguntarle a un vecino cómo está, acercarse a un adulto mayor que vive solo, escuchar a un compañero que tiene miedo.
"Apoyar a otro ser humano ayuda también a manejar esta carga tan grande que viene después de esta incertidumbre y de esta tristeza", dice. Su mensaje no es solo para las zonas más golpeadas: es también para quienes hoy sienten miedo o tristeza sin haber estado ahí. "Es normal", dice.
El terremoto puede haber terminado. Para muchas personas, sin embargo, la recuperación apenas comienza. No todos necesitarán un especialista: algunos necesitarán tiempo, descanso, información confiable y compañía; otros necesitarán ayuda profesional para atravesar una pérdida o un miedo que no cede. La diferencia no está en quién sintió miedo y quién no. Está en qué hacemos con ese miedo después.
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