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La obra de Chopin que conectó a un estudiante de El Bosque con una pianista turca

Autor: Comunicaciones

07 de Abril de 2026

Tiempo de lectura: 3 minutos

Pianista turca corrige a estudiante de música durante clase de piano en la Universidad El Bosque
Un estudiante de la Universidad El Bosque encontró, tras un concierto en el campus, una forma distinta de trabajar una obra que ya venía estudiando.

La mayoría de las experiencias internacionales requieren viajar. Otras empiezan de forma mucho más simple: quedarse un momento más cuando todo parece haber terminado.

Eso fue lo que ocurrió en el auditorio M-109 de la Universidad El Bosque, después de una presentación de músicos invitados de Turquía. Mientras el público comenzaba a salir y los artistas se preparaban para irse, Ian Roy Sánchez Suárez, estudiante de tercer semestre del Programa de Formación Musical, decidió acercarse a la pianista turca Malahat Ismayilova, integrante de la Ópera y Ballet Estatal de Ankara y con trayectoria en escenarios internacionales. No había una clase programada ni un espacio para preguntas. “Pensé: es ahora o nunca”, recuerda.

La pianista turca Malahat Ismayilova en su presentación en la Universidad El Bosque
Malahat Ismayilova, pianista turca invitada a la Universidad El Bosque.

Minutos después, estaba sentado frente a un piano. Ismayilova aceptó ayudarlo y, con el apoyo de una traductora, lo que iba a ser un intercambio breve se convirtió en una clase de casi una hora. Más que un encuentro fortuito, lo que ocurrió en ese momento permite leer algo más amplio: cómo se transforma el aprendizaje cuando entra en contacto con otras formas de enseñar.

La pieza que Ian llevó no era nueva. Hacía parte de su recital de semestre: la Polonesa en do sostenido menor, Op. 26 No. 1 de Frédéric Chopin, una obra menos conocida que las llamadas “heroicas”, pero exigente por su carácter introspectivo y por los contrastes que propone. Con pasajes oscuros y momentos de apertura, y un uso sutil del rubato —variaciones en el ritmo para dar expresión—, la pieza exige una interpretación llena de matices.

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Justamente por eso decidió acercarse: no para empezar de cero, sino para contrastar cómo estaba leyendo la obra con otra forma de interpretarla.

La clase no siguió una estructura tradicional. Ismayilova, formada en una de las principales instituciones musicales de Turquía, escuchaba, detenía la ejecución, corregía con gestos y, en varios momentos, simplemente tocaba para mostrar lo que quería decir. “Se levantaba, me movía los brazos… era muy inmersivo”, cuenta.  

 

La barrera del idioma —ella no hablaba español— no fue un obstáculo. La comunicación se sostuvo en la escucha, la repetición y el cuerpo: él tocaba, ella respondía; ella tocaba, él ajustaba. “Se entendía perfectamente lo que quería comunicarme”, explica. Ese intercambio no solo resolvía una dificultad técnica, sino que mostraba otra forma de transmisión del conocimiento, donde la práctica y la observación ocupan un lugar central.

Esa forma de enseñar también reveló un contraste. Ian reconoce que en ese contexto la formación era más rigurosa y directa, pero también más inmersiva, centrada en el gesto y en la ejecución. Hasta ese momento, trabajaba la obra desde una metodología clara, construida en su proceso de formación. La clase no sustituyó ese aprendizaje, pero sí lo amplió: introdujo la posibilidad de que una misma partitura pueda interpretarse desde enfoques distintos, según la tradición o el contexto en el que se estudie. “Uno puede tener diferentes versiones. En otro país puede ser distinta”, dice.  

Ese desplazamiento no es menor. En una pieza como esta, donde los contrastes y el manejo del tiempo son centrales, cada decisión interpretativa cambia la forma en que la obra se percibe. La técnica deja de ser única y se convierte en un espacio de elección.

Ian Sánchez, estudiante de Formación Musical de la Universidad El Bosque

 

Lo relevante es que nada de esto ocurrió fuera del país. De hecho, fue la primera vez que Ian tuvo una clase con una maestra internacional. La experiencia se dio en la Universidad, en el marco de una actividad abierta con artistas invitados.

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Ese detalle introduce una lectura distinta sobre la internacionalización: no como un asunto exclusivo de movilidad, sino como la posibilidad de entrar en contacto con otras formas de conocimiento en el propio entorno.

“Te abre la curiosidad… dan ganas de vivir algo así en otro contexto”, afirma. La idea de hacer un intercambio —incluso en Turquía— apareció después, motivada por lo que ya había experimentado.

Lo que ocurrió en ese auditorio no es exclusivo de la música. En otras áreas del conocimiento, la exposición a perspectivas externas también tiene ese efecto: no solo suma información, sino que cuestiona lo aprendido y amplía el marco desde el cual se interpreta la realidad. Ese es el sentido de espacios como la Semana Internacional, que se realizará del 14 al 16 de abril y tendrá a Turquía como país invitado: generar condiciones para que esos encuentros ocurran y produzcan nuevas formas de aprendizaje.

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