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Autor: Comunicaciones
15 de Mayo de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
Ser docente hoy implica algo más que enseñar. Supone habitar un aula donde se hacen visibles muchas de las realidades que atraviesan al país. Precisamente por eso, dice el profesor Juan Sebastián López, es el mejor momento para serlo.
Es coordinador de Investigaciones de la Facultad de Educación de la Universidad El Bosque, licenciado en Filosofía, magíster en Comunicación y Problemas Socioculturales, y doctor en Comunicación y Ciencias Sociales. Investiga la educación y también la ejerce — y desde esa doble condición llega a una conclusión que pocos se atreven a decir en voz alta: que los tiempos difíciles son los más estimulantes para enseñar.
La pandemia no creó el problema, pero sí lo aceleró. En pocos años, el aula dejó de ser un espacio relativamente estable y se convirtió en un punto de convergencia de transformaciones simultáneas. La primera es la virtualización. La distancia que instaló entre docente y estudiante no desapareció con el regreso a la presencialidad. Dejó una pregunta abierta: cómo saber si alguien está aprendiendo o simplemente está presente.
La segunda es la salud mental. Lo que antes era periférico hoy es central. El aula ya no solo gestiona contenidos: también contiene ansiedad, duelos e incertidumbre en los estudiantes, mientras que, en paralelo, los docentes enfrentan sus propias cargas emocionales.
La tercera es política —no en clave electoral, sino en la forma en que convivimos. Las agendas que antes estaban fuera del aula hoy hacen parte de ella: género, ambiente, poder, identidad. Para el docente, esto no es solo una dificultad: es también una ampliación del aula. La hace más compleja, pero también más rica, al exigir enseñar en diálogo con las preguntas que los estudiantes ya traen sobre el mundo.
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Lo que cambió no es solo el contexto. Es el alcance del rol. La formación docente tradicional preparaba para evaluar aprendizajes. Hoy se espera algo más: reconocer señales de crisis emocional, saber cuándo intervenir y cuándo derivar, sostener conversaciones que no están en ningún plan de estudios. Nadie formó al docente para eso. Y, aun así, muchos lo están haciendo.
A esa expansión se suma otra presión más silenciosa: la administrativa. Plataformas, reportes, indicadores, seguimiento constante. El resultado es una tensión difícil de sostener: se le exige al docente la empatía de un terapeuta y la eficiencia de un sistema.
Y, sin embargo, es ahí donde el profesor López ubica el centro de la vocación. El docente, dice, instala en sus estudiantes una figura que trasciende el contenido. No en un sentido paternal, sino en algo más estructural: alguien que muestra, con su manera de pensar y de ejercer su disciplina, cómo se habita una profesión con sentido. Es, en sus palabras, una responsabilidad casi sagrada.
El debate sobre si los estudiantes “ya no hacen caso” suele quedarse en la queja. El profesor López propone otra lectura. Mientras en Colombia la discusión sigue abierta, otros sistemas educativos ya están tomando decisiones: restricciones al uso del celular, regulación de redes sociales, nuevas reglas de interacción en el aula.
Consulta más sobre: Un homenaje a quienes enseñan, inspiran y transforman vidas
Pero para la educación superior, el problema no se resuelve prohibiendo. Se resuelve enseñando a pensar en un entorno donde toda la información está disponible al mismo tiempo.
Con la inteligencia artificial ocurre algo similar. Prohibirla no solo es ineficaz, sino ingenuo, dice el investigador. La tarea del docente no es bloquearla, sino entenderla lo suficiente para saber qué puede hacer — y qué no — y desde ahí enseñar lo que ninguna herramienta reemplaza: pensamiento crítico, creatividad, capacidad de adaptación. "Hay que vivir en la cresta de la ola — no mirarla desde la orilla como si ya supiéramos lo que va a pasar", dice el profesor López.
Es en ese escenario donde el enfoque biopsicosocial y cultural de la Universidad El Bosque deja de ser una teoría y se vuelve una herramienta concreta. Entender que un estudiante es, al mismo tiempo, cuerpo, mente, historia social y cultura permite leer lo que ocurre en el aula con mayor precisión. Distinguir entre desinterés y crisis. Entre distracción y saturación.
Para un docente que enfrenta simultáneamente la salud mental de sus estudiantes, la irrupción tecnológica y una generación con agendas propias, esa lectura no es opcional. Es una brújula. Y es esa brújula la que le da sentido a lo que el profesor López considera el privilegio central de la docencia: trabajar con jóvenes le da una perspectiva sobre el porvenir. Ver el presente desde quienes están construyendo el futuro es algo que pocas profesiones ofrecen.
La pregunta, entonces, no es si ser docente es difícil. La pregunta es si estamos entendiendo lo que esa dificultad está mostrando.
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