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Autor: Comunicaciones
10 de Septiembre de 2026
Tiempo de lectura: 10 minutos
Hay una versión de la soledad que no se parece en nada a estar solo. Es la que aparece en medio de una fiesta, mientras alguien sonríe y responde a lo que le preguntan, y por dentro siente que nadie ahí sabría explicar realmente qué le pasa. Es la que se sienta a la mesa con la familia y aun así busca, sin encontrarla, una sola persona a la que pueda decirle la verdad. Es una sensación tan común que hasta la ficción la ha puesto en el centro de su historia más reciente: en Spider-Man: Un nuevo día, estrenada en julio, Peter Parker vive las consecuencias de una decisión que lo dejó prácticamente solo: el mundo ha olvidado quién es.
No es una contradicción. Es una de las formas del malestar emocional contemporáneo más difíciles de nombrar, explica la Dra. Adriana Jiménez, psicóloga y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad El Bosque: la distancia entre estar acompañado y sentirse acompañado. Esa distancia se vuelve más visible en fechas como el Día del Amor y la Amistad —cuando las imágenes de pareja, planes y celebración inundan cada pantalla— y septiembre, mes en el que distintas iniciativas de salud pública ponen el foco en la prevención del suicidio.
PARA TENER EN CUENTA A veces no estamos solos porque no haya nadie, sino porque todavía no hemos aprendido a mostrar cuánto necesitamos a los demás. |
Esa distancia entre estar acompañado y sentirse acompañado no es solo una percepción individual: la Organización Mundial de la Salud ya advirtió que la soledad y el aislamiento social afectan a personas de todas las edades, y golpean con particular fuerza a adolescentes y adultos jóvenes. Pero una cosa es medir el fenómeno y otra entender cómo se siente por dentro estar rodeado de gente y, aun así, sentirse solo. De eso hablamos con la doctora Jiménez.
Hay quien elige la soledad y la disfruta: un espacio para pensar, para descansar, para no responderle a nadie durante un rato. Eso, dice la docente, "puede ser simplemente una circunstancia o incluso puede ser algo elegido y grato, un espacio para pensar, descansar o disfrutar de nuestra propia compañía". Y hay quien, sin haberlo buscado, empieza a sentir que ya no encaja en ninguna de sus propias relaciones.
"Sentirse solo tiene más que ver con cómo vivimos y cómo percibimos nuestros vínculos", explica la psicóloga. "Es posible incluso sentirse solo aun teniendo pareja, familia o amigos." Aislarse es distinto todavía, porque implica una reducción o ausencia de conexiones sociales significativas, que a veces puede ser voluntaria y otras veces no necesariamente.
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Más que contar cuántas personas hay alrededor, dice la doctora, "vale la pena preguntarnos cómo son esos vínculos, si podemos ser nosotros mismos, expresar lo que sentimos y si sentimos que podemos contar con alguien cuando lo necesitamos. Porque estar acompañado y sentirse acompañado no siempre es la misma experiencia." Esta soledad, además, no deja huella visible: alguien puede cumplir con todo —el trabajo, el estudio, las relaciones— y aun así no tener "un lugar donde expresar lo que realmente le pasa".
Lo que le pasa a Peter Parker no es exclusivo de la ficción. Consultada sobre qué puede llevar a alguien a enfrentar solo lo que está viviendo, incluso teniendo gente cerca, la doctora Jiménez responde con algo que empieza mucho antes de cualquier crisis puntual: la manera en que ciertas personas aprenden, desde muy jóvenes, a ocupar un lugar específico en la vida de los demás.
"Hay personas que desde muy temprano aprenden a ser fuertes, a cuidar, a resolver y a sostener a los demás", explica. "Y cuando uno se acostumbra a ocupar ese lugar, puede llegar un momento en que pedir ayuda o mostrarse vulnerable se sienta algo extraño, incluso como una señal de debilidad. “Todos tenemos una historia. Todos hemos vivido acontecimientos que nos han marcado. No todo lo difícil es un trauma, pero sí puede dejar aprendizajes y creencias sobre uno mismo, como ‘debo poder con todo’ o ‘tengo que ser fuerte’.”
Desde ahí, el trabajo se convierte en refugio, como le pasa a Peter Parker convertido en Spider-Man de tiempo completo: cree que aislarse protege a quienes ama, y en realidad se queda sin nadie a quien contarle lo que le pasa. No porque trabajar sea malo, aclara la psicóloga, sino "porque para algunas personas estar siempre activas puede convertirse en una forma de no detenerse frente a aquello que les duele". Y ocurre entonces lo paradójico: "A veces no estamos solos porque no haya nadie, sino porque quizás todavía no hemos aprendido o no nos hemos permitido mostrar cuánto necesitamos de los demás".
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Esa exigencia, sostenida en el tiempo, termina pesando más de lo que cualquiera puede cargar solo. En vez de mostrar lo que duele, la persona lo guarda y se aleja —no porque quiera estar sola, sino porque "puede parecerle más fácil manejarlo así". Por eso la doctora propone revisar qué significa, en realidad, ser fuerte: "también puede ser reconocer que algo nos está costando y permitirnos recibir ayuda. Decir 'necesito ayuda' no es una señal de debilidad, es reconocer que somos humanos."
Un scroll cualquiera: viajes, parejas felices, logros anunciados con signos de exclamación. Nada de eso es falso, pero tampoco es completo. "Las redes sociales pueden tener un papel importante en esta experiencia, especialmente cuando empezamos a compararnos con los demás", explica. No son buenas ni malas en sí mismas —lo que pesa es lo que se hace con lo que ahí se ve: Ellos sí tienen pareja y yo no. Los demás avanzan y yo siento que no.
"Terminamos comparando nuestra vida completa con una pequeña parte de la vida de la otra persona", dice la psicóloga, "porque ahí no vemos sus preocupaciones, sus dificultades, sus momentos de incertidumbre". Frente a esa pantalla, propone una sola pregunta como filtro: ¿esto que estoy viendo me ayuda a reconocer lo que necesito, o me lleva a pensar que mi vida no es suficiente?
PREGÚNTATE ¿Lo que estoy viendo en redes sociales me ayuda a reconocer lo que necesito, o me lleva a pensar que mi vida no es suficiente? |
Fechas como el Día del Amor y la Amistad amplifican esa misma comparación. "No son un problema en sí mismas", dice la doctora, "pero sí pueden hacer más visible la diferencia entre lo que estamos viviendo y lo que sentimos que deberíamos estar viviendo". Cuando la realidad no calza con las imágenes de pareja y celebración que circulan esos días, aparece una pregunta que duele más de lo que debería: ¿será que algo está mal en mí? Nada está mal. "Es clave recordar que no hay una sola forma válida de vivir el amor, de estar en pareja o de sentirse vinculado con otras personas", responde la psicóloga.
Nadie construye un vínculo real esperando sentado a que alguien aparezca. La doctora Jiménez invierte la pregunta: no qué se espera recibir de los demás, sino qué clase de persona se quiere ser dentro de una relación —estar presente, escuchar de verdad, quedarse a oír la respuesta completa cuando se pregunta cómo está el otro—.
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“También podemos preguntarnos qué tipo de persona queremos ser dentro de esas relaciones. Por ejemplo, si para mí es importante la amistad, puedo preguntarme si quiero ser alguien que está presente, que escucha, que pregunta cómo está la otra persona y que comparte tiempo de calidad.”
"Sentirse acompañado no significa tener personas alrededor todo el tiempo", resume, "sino sentir que podemos ser nosotros mismos, compartir lo que nos pasa y saber que contamos con alguien". Y eso también se elige y se practica: "acercarme a las personas que me importan y permitirme recibir apoyo cuando lo necesito".
Hay cambios pequeños que, sumados, dicen más de lo que parece: dormir distinto, comer distinto, perder las ganas de levantarse o de cuidar lo más básico —bañarse, cepillarse los dientes—, buscar cada vez menos a la gente, quedarse cada vez más tiempo adentro de la propia cabeza.
La doctora las llama, sin rodeos, banderas rojas. "A veces estamos tan acostumbrados a seguir con todo que no nos damos cuenta cuando algo en nosotros está cambiando." Ninguna señal aislada es una sentencia, pero notarlas es el momento de pausar, no el de esperar a tocar fondo.
"No tenemos que esperar a estar completamente desbordados. Podemos empezar por ese primer momento en el que notamos que algo está cambiando y decir: necesito ayuda. Quizás esa sea una de las maneras más importantes de cuidarnos." |
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