El Bosque en contexto

"El aislamiento es el camino hacia el deterioro": Graciela Zarebski sobre el envejecimiento

Autor: Comunicaciones

17 de Septiembre de 2026

Tiempo de lectura: 10 minutos

Graciela Zarebski, especialista en psicogerontología, habla sobre cómo prepararse para el envejecimiento
Según la psicogerontóloga Graciela Zarebski, se trata de construir una "reserva humana": vínculos, propósito y una identidad flexible ante los cambios, desde joven.

¿Qué estamos haciendo hoy para nuestra propia vejez? Para Graciela Zarebski, doctora en Psicología de la Universidad de Buenos Aires y directora del Instituto Iberoamericano de Ciencias del Envejecimiento (INICIEN), esa pregunta no debería esperar a que la vejez llegue. Es el eje de más de cuatro décadas de trabajo académico: entender cómo cada persona anticipa —o rechaza— su propia llegada a esa etapa.

Para eso se apoya en el FAPPREN (Factores Psíquicos Protectores en el Envejecimiento), un instrumento que organiza diez dimensiones —de la disposición al cambio hasta la posición que cada persona anticipa frente a su propia vejez— que funcionan como un decálogo de factores protectores para detectar a tiempo los puntos de riesgo de cada persona.

La doctora Zarebski participó en el I Simposio de Neurociencias y Vejez, organizado por el Instituto de Neurociencias de la Facultad de Ciencias de la Universidad El Bosque (INUB) en el marco de su vigésimo aniversario. Conversamos con ella sobre cómo prepararnos, desde jóvenes, para envejecer bien.

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¿Por qué cree que deberíamos empezar a pensar en nuestro propio envejecimiento desde jóvenes, y no cuando ya se acerca?

Porque la actitud con la que cada uno llega a la vejez —de adaptación gradual o de rechazo— no aparece de un día para otro: se va construyendo mucho antes. Trabajarlo cuando la persona todavía es joven permite detectar a tiempo los factores de riesgo y torcer un destino que, de otro modo, podría ser negativo. Es el eje de mi trabajo académico de los últimos 40 años. Para eso desarrollé herramientas e instrumentos que aplico sobre todo con jóvenes. La idea es darles un espacio para reflexionar y cuestionarse cómo visualizan su futuro, cómo lo anticipan y qué deberían modificar hoy en su estilo de vida para llegar mejor.

Usted habla de que una persona necesita construir una "reserva humana". ¿En qué consiste?

Una persona es más que su cerebro. El cerebro importa, por supuesto —hoy sabemos que puede seguir generando conexiones nuevas incluso en la vejez, lo que se conoce como plasticidad neuronal—, y por eso se suele poner tanto énfasis en la reserva cognitiva: prepararnos a través de la educación y la cultura. Pero ni eso es garantía. Si lo fuera, no habría grandes científicos con Alzheimer ni grandes ajedrecistas que terminan con una demencia.

Por eso planteo que hay que ir construyendo, además de la cognitiva, una reserva de vínculos y una reserva emocional —ser reflexivos, autocuestionarnos, tener la humildad de decir "todavía me falta seguir aprendiendo"—, una reserva espiritual, relacionada con renovar el sentido de la vida y pensar en qué dejamos a los demás, y una reserva económica, donde interviene el ser previsores con los recursos propios, aunque reconozco que nuestros países no siempre lo permiten. Y una reserva corporal, de cuidado del propio cuerpo. A esa suma la llamamos reserva humana: algo que se va armando durante todo el curso de la vida, para una época que puede ser de carencia.

Usted mencionaba la reserva económica como parte de esto. En Colombia hay adultos mayores de 70 u 80 años que siguen trabajando porque nunca accedieron a una pensión — ¿qué tanto pesa lo económico frente a los demás factores?

Siempre es una situación compleja donde se conjugan distintos factores. Lo económico, por supuesto, es importante, y tenemos que luchar para que no haya tanta desigualdad. Pero incluso personas que tienen una buena situación económica tienen conflictos con el envejecimiento. No es garantía. Son personas que, si no se fueron adaptando gradualmente, de repente enfrentan un cambio —ya no pueden ejercer un trabajo, pierden a su pareja, se quiebra su empresa— y eso las derrumba, porque no se prepararon para renovar el sentido de la propia vida.

Además de la reserva humana, usted también habla del concepto de identidad flexible. ¿Cómo la define?

Es la capacidad de cuestionarse, repensar el sentido de la propia vida, renovar metas y, a partir de las limitaciones, cambios o pérdidas que se puedan tener a lo largo de la vida, transformarse y reinventarse. Un factor de riesgo es vivir aferrado a un único rol. Puede ser el rol de madre o el rol laboral. Es lo que ocurre con el llamado "nido vacío": mujeres que se derrumban cuando los hijos crecen y se independizan, porque siempre vivieron aferradas a ese vínculo, que era el único sentido de su vida. Por eso es fundamental ir construyendo una identidad abierta a distintos intereses y vínculos: cuando perdamos uno, podemos compensarlo con otro. Por ahí pasa la flexibilidad.

En mi caso, hace 60 años que estoy con mi esposo, pero aun así sé que en algún momento uno de los dos no va a estar, y hay que estar dispuesto a armar la vida de nuevo desde ahí. Si esa preparación no fue gradual, la pérdida misma precipita esa necesidad. En el momento del duelo, ante el sentimiento de vacío, la persona puede aceptar que le tiendan una mano para abrirse a nuevas ganancias: otras relaciones, otros intereses que le llenen la vida de manera distinta. Para eso armamos talleres y grupos en la comunidad, espacios que ayudan cuando un acontecimiento en la vida hace evidente algo para lo que no hubo una preparación gradual.

¿Cómo se detecta que la reserva humana de alguien se está debilitando, antes de que llegue un momento de pérdida?

El FAPPREN detecta, dentro de esas diez dimensiones, cuál es el punto de riesgo de cada persona. Alguien puede tener un gran desarrollo en lo vincular, con familia y amigos, pero no ser flexible: no está dispuesto a aprender cosas nuevas porque piensa que ya lo sabe todo. Ahí aparece la vulnerabilidad. También puede ocurrir lo contrario: alguien se ocupa mucho de su cuerpo, hace actividad física, lleva una dieta saludable, pero no tiene vínculos ni redes diversificadas. En ambos casos hay una dimensión debilitada, y esa puede convertirse en un punto de derrumbe.

¿Qué papel juega el autocuidado en todo esto?

Tiene que ver con hacernos cargo de nuestro proceso vital y no echarle siempre la culpa al médico o al servicio de salud. Incluye una buena alimentación y actividad física, y, ya en la vejez, aceptar las ayudas necesarias: usar un bastón o un audífono si hacen falta. Son recursos que permiten seguir conectados con el afuera. El aislamiento es el camino hacia el deterioro.

¿Cómo deberían acompañar los hijos o familiares a una persona mayor, sin limitar su autonomía?

Hay que evitar los dos extremos. Uno es el abandono — dejar a la persona mayor en una institución y desentenderse. El otro, igual de dañino, es la sobreprotección: cuando los hijos empiezan a pensar que tienen que dirigir la vida de sus padres. A eso lo llamo "hacerse padres de nuestros padres" — es la idea que rebato en uno de mis libros, Padre de mis hijos, ¿padre de mis padres?. La regla fundamental es respetar la autonomía al máximo. Si hay algo que la persona mayor está haciendo y que no le hace bien, se puede dialogar sobre eso, pero siempre desde el diálogo, no desde el control. Y esto no ocurre en todas las familias — hay mucho por trabajar ahí.

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¿Qué diferencias observa entre la manera de vivir y pensar la vejez en Argentina y en el resto de América Latina, incluida Colombia?

De la formación profesional le puedo hablar con seguridad; de cómo se vive la vejez en cada país, no sabría generalizar. En cuanto a formación: dirijo la maestría en psicogerontología que armé en el año 2000, la única de Latinoamérica en su momento, y que sigue siendo prácticamente la única en modalidad virtual. Tengo alumnos de Colombia y de México que sienten esa carencia formativa en sus países, y por eso la estudian. Esa misma carencia se nota en las instituciones: en varias localidades, las residencias permanentes para personas mayores todavía funcionan en lo que llamo "modo asilar", donde la persona va a esperar la muerte, sin ningún estímulo, en lugar de ser un lugar al servicio de la vida de quienes viven ahí.

De mi país sí puedo hablarle con más certeza: cada vez avanza más la posibilidad de envejecer bien, aunque seguimos trabajando para detectar los casos que van hacia un mal envejecimiento. Lo que sí puedo decir de la región en general es que las desigualdades atraviesan toda Latinoamérica, y eso es un escollo muy grande — incluso el buen estado económico no evita los problemas con el envejecimiento, pero sí afecta la calidad y la dignidad de vida. En mi país tenemos la ventaja de un sistema de pensiones que cubre a más del 95% de la población mayor, aunque los haberes son bajísimos.

Todo lo que hemos hablado es sobre quienes ya viven la vejez o están por llegar a ella. ¿Qué encuentra cuando piensa en la vejez de los jóvenes de hoy, marcados por las redes sociales y la inteligencia artificial?

Escribí un trabajo sobre eso que se llama Prospectiva gerontológica —se puede encontrar en la página del instituto INICIEN. Ahí me apoyo en los mismos factores protectores de los que venimos hablando: ser reflexivo, tener capacidad de autocuestionamiento, una mirada crítica. Hay estudios de Harvard y del MIT, que cito en el trabajo, sobre una tendencia a usar la inteligencia artificial acríticamente, y eso hace que se pierdan justamente esos factores: la mirada crítica, la creatividad, la curiosidad, la paciencia.

Hay también un riesgo en el tipo de vínculo que se arma en redes sociales, que suele exaltar el narcisismo y una versión poco realista de uno mismo, en contra de la autenticidad. Son riesgos importantes los que corren los jóvenes, y hay mucho que reflexionar todavía al respecto.

Para cerrar: ¿cuál es el prejuicio sobre la vejez que más le preocupa?

El principal prejuicio es pensar que la vejez es sinónimo de enfermedad. Si uno asume que una persona mayor necesariamente está enferma, la va a tratar como tal. De ahí deriva todo un conjunto de prejuicios que hacen que no se respete su autonomía. Y ese prejuicio también repercute en quien lo sostiene, porque lo predispone negativamente frente a su propio envejecimiento.

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