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Un biólogo marino lleva 26 años estudiando por qué los colombianos nos comportamos como nos comportamos

Autor: Comunicaciones

30 de Abril de 2026

Tiempo de lectura: 3 minutos

Profesor Óscar Sánchez, biólogo y director del Laboratorio de Evolución y Comportamiento Humano de la Universidad El Bosque.
Una pandemia, cientos de artículos científicos y la Editorial de la Universidad El Bosque. Así llegó Óscar Sánchez a la FILBo con un libro que propone leer el comportamiento humano desde una mirada que pocas facultades de psicología en Colombia han explorado: la evolución.

Óscar Sánchez es biólogo marino. Su tesis fue sobre comportamiento agresivo en peces coralinos; su maestría, sobre el canto de las ranas como mecanismo de atracción sexual. El hilo conductor siempre fue el mismo: entender por qué los animales se comportan como se comportan. Con el tiempo, esa pregunta lo llevó hasta el más complejo de todos: el ser humano. Hace 26 años llegó a la Facultad de Psicología de la Universidad El Bosque, donde hoy dirige el Laboratorio de Evolución y Comportamiento Humano y acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Bogotá su segundo libro: Evolución, comportamiento estratégico humano y desajuste.

Una publicación forjada en años de investigación, en el silencio necesario para pensar y en un proceso editorial que pone a prueba cada página.

Lo que la evolución podría explicar

En las facultades de psicología de Colombia y Latinoamérica, la mirada evolutiva del comportamiento humano ha tenido poco espacio. El profesor Sánchez lo señala con claridad: entender al ser humano como un animal —un mamífero, un primate— es una perspectiva que se considera muy tangencialmente, y esa ausencia, sostiene, nos ha privado de explicaciones valiosas.

Óscar Sánchez, profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad El Bosque.

Uno de los conceptos centrales que desarrolla el libro es el desajuste evolutivo. Nuestro cerebro evolucionó durante millones de años en condiciones de cazador-recolector, con un cerebro con restricciones para relacionarse con grupos, en promedio, de no más de 150 personas —un límite que el investigador inglés Robin Dunbar identificó al analizar el tamaño de la parte del cerebro que evolucionó para el razonamiento y las relaciones sociales en los primates—. Hoy, la tecnología nos abre una panorámica de miles de contactos virtuales. Y el cerebro hace lo que puede.

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Una de las consecuencias más documentadas de ese desajuste es la depresión asociada al uso intensivo de redes sociales. En esos espacios todos parecen felices, exitosos, en constante movimiento. Nuestro cerebro, diseñado para grupos pequeños y reales, compara y colapsa. 

"De alguna manera, tener esa restricción cognitiva y que se nos abran todos esos panoramas tan inmensos en las redes sociales nos expone a problemas que el cerebro no estaba preparado para enfrentar", explica el investigador.

El libro también examina la competencia intrasexual —la tendencia de los hombres a competir entre sí, que podría estar relacionada con elementos reproductivos— como una posible explicación evolutiva de por qué los hombres mueren más que las mujeres por homicidios y accidentes de tránsito, especialmente en edad reproductiva.

"El homicidio podría ser un conflicto directo entre hombres. El suicidio, un conflicto con sigomismo. El accidente de tránsito, competencia indirecta", explica. "Que los tres coincidan en que los hombres morimos más nos está diciendo algo sobre cómo funcionamos." No para justificarlo. Para entenderlo y, desde ese entendimiento, poder incidir.

La ciencia que viene en camino

Paralelo al libro, el laboratorio tiene investigaciones activas que aplican esa misma mirada a problemas colombianos concretos.

En diferentes municipios del país, el laboratorio encontró una asociación entre los altos índices de homicidio y el embarazo adolescente. La explicación convencional apunta a factores culturales y socioeconómicos, y no los descarta. Pero los datos sugieren algo adicional: en ambientes de alta incertidumbre y riesgo, las mujeres jóvenes tenderían a quedar embarazadas a edades más tempranas. No como decisión consciente, sino como respuesta fisiológica y estratégica.

En biología evolutiva, eso se explica con la teoría de historia de vida: cuando el entorno es peligroso y la supervivencia es incierta, el organismo prioriza la reproducción. "Si la sobrevivencia y la reproducción están en conflicto, generalmente la reproducción toma el control", explica. El hallazgo, trabajado con datos del DANE, está en proceso de ser sometido a revisión en PLOS ONE.

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Otra línea de trabajo, con mujeres mayores en Bogotá, explora si la historia reproductiva podría influir en el deterioro cognitivo. La literatura científica ya ha identificado que la reproducción tiene costos en la salud cognitiva de las mujeres —algo que no ocurre de la misma forma en los hombres, que gastan mucha menos energía en ese proceso—.

Portada del libro Evolución, comportamiento estratégico humano y desajuste

Lo que el laboratorio encontró es que tener hijos podría representar un factor de riesgo para ese deterioro. Sin embargo, si esos hijos se reproducen, el panorama cambia. Los datos preliminares del laboratorio apuntan a que tener nietos podría actuar como factor protector frente a ese deterioro. La explicación viene de la teoría de la abuela: cuando una mujer deja de reproducirse, puede dedicar toda su energía a cuidar a sus nietos, lo que aumenta las posibilidades de supervivencia de toda la familia. La evolución habría favorecido ese rol, y eso explicaría por qué las mujeres viven décadas después de perder la fertilidad. El efecto sería especialmente fuerte en las abuelas maternas, cuya relación con los nietos tiene mayor certeza biológica.

Del laboratorio a la FILBo: cómo se publica una investigación universitaria

Durante años, el profesor Sánchez acumuló notas, artículos propios e investigaciones del laboratorio. El COVID fue el momento para ordenarlo todo: vive a las afueras de Bogotá y los desplazamientos diarios a la universidad le consumían cuatro horas. Cuando la pandemia llegó, ese tiempo se convirtió en otra cosa: en la posibilidad de detenerse, de revisar lo acumulado, de encontrar el hilo que conectaba años de investigación dispersa.

"Ese charlar con uno mismo sobre qué sería importante escribir fue fundamental", recuerda. El proceso no fue lineal. Hubo días enteros sin escribir una sola línea. Para organizar más de mil artículos científicos diseñó mapas conceptuales que terminaron siendo parte del libro mismo.

Cuando el manuscrito estuvo listo, comenzó el proceso con la Editorial de la Universidad El Bosque: revisión de estilo, verificación exhaustiva de citas y evaluación de dos pares académicos en doble ciego —un mecanismo en el que ni el autor sabe quiénes lo evalúan ni los evaluadores saben quién escribió el texto—. Cada comentario fue una conversación: si no estaba de acuerdo con una observación, argumentaba por qué.

Con el respaldo de la universidad, vino la edición, la carátula y, por último, la FILBo.

"Nos hemos considerado equivocadamente los reyes de la naturaleza", dice el profesor Sánchez. "Este libro pone al ser humano en el verdadero sitio donde debe estar: somos parte de esa naturaleza. Y entender eso podría explicar una gran cantidad de cosas que hoy no estamos mirando desde el ángulo correcto."

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