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Autor: Comunicaciones
23 de Febrero de 2026
Tiempo de lectura: 3 minutos
Durante las últimas semanas, videos de jóvenes con máscaras de animales, desplazándose a cuatro patas en parques o bosques, han circulado con millones de visualizaciones en redes sociales. El término therian —hasta hace poco limitado a comunidades digitales específicas— saltó al debate público con la velocidad que imponen los algoritmos. Lo que para algunos es excentricidad, para otros es identidad. Y entre ambos extremos emerge una pregunta que atraviesa hoy la conversación pública: ¿qué dice la salud mental sobre este fenómeno?
Para el profesor Julio Mazorco, director de la Maestría en Salud Mental Comunitaria de la Universidad El Bosque, el primer paso es evitar una reacción automática de patologización. Desde su lectura académica del fenómeno, propone distinguir con precisión entre un cuadro clínico y una experiencia identitaria contemporánea.
La literatura científica reconoce la zoantropía clínica como un delirio monotemático en el que la persona está convencida de haberse transformado físicamente en un animal. Se trata de un fenómeno poco frecuente y claramente delimitado en la práctica psiquiátrica. Sin embargo, la identidad therian que hoy circula en redes no necesariamente responde a esa categoría. En muchos casos, se describe como una identificación psicológica o espiritual con determinadas características animales, sin pérdida del juicio de realidad.
Comprender el fenómeno exige, al menos, tres distinciones fundamentales: separar identidad de delirio clínico, reconocer el papel de la comunidad en el bienestar y evitar que la diferencia se convierta automáticamente en diagnóstico.
La diferencia no es menor. Confundir una expresión simbólica o subjetiva con un trastorno puede tener consecuencias clínicas y sociales. Desde la salud mental comunitaria, el riesgo es “hiper-psiquiatrizar” experiencias que no constituyen enfermedad. El modelo biomédico tradicional tiende a clasificar; el enfoque comunitario, en cambio, invita a comprender el contexto.
Ese contexto es decisivo. Las generaciones que hoy protagonizan este fenómeno han crecido en un entorno digital que amplifica nichos culturales y ofrece validación inmediata. Las identidades ya no se construyen únicamente en la familia o en la escuela, sino también en comunidades virtuales donde el sentido de pertenencia puede ser tan fuerte como en el territorio físico. Para quienes se reconocen como therians, esas comunidades cumplen funciones concretas: apoyo emocional, propósito compartido y reconocimiento mutuo.
Desde esta perspectiva, el fenómeno no se explica solo en términos individuales, sino como parte de una transformación cultural más amplia. La salud mental comunitaria entiende el bienestar como una construcción social, atravesada por factores económicos, culturales, ambientales y simbólicos. Las subjetividades emergentes —como las identidades zoomórficas— pueden interpretarse no necesariamente como síntoma, sino como expresión de una época marcada por la crisis de referentes estables.
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Esto no significa que todo deba relativizarse. La tarea profesional sigue siendo evaluar cada caso y cada contexto con rigor. Si una experiencia identitaria genera sufrimiento significativo, deterioro funcional o pérdida de contacto con la realidad, requiere atención clínica. Pero si se trata de una vivencia que coexiste con una expresión identitaria que emerge culturalmente, la respuesta no puede ser la misma.
La discusión también interpela a las instituciones educativas. En un entorno donde las tendencias virales pueden convertirse en objeto de burla o de alarma moral, la universidad tiene un papel pedagógico: ofrecer marcos interpretativos sólidos, promover el diálogo informado y evitar simplificaciones. Comprender no implica validar acríticamente; implica analizar con responsabilidad.
El fenómeno conocido globalmente como zoomorfismo —que incluye comunidades therian, furry y otherkin— desafía categorías tradicionales de identidad. Más allá del impacto visual de las máscaras y los videos, lo que está en juego es una conversación sobre pertenencia, estigma y reconocimiento.
Quizá la pregunta de fondo no sea por qué algunos jóvenes se identifican con rasgos animales, sino qué condiciones sociales, culturales y emocionales hacen que esa forma de identificación encuentre eco, comunidad y sentido. La salud mental comunitaria no responde con etiquetas rápidas, sino con una invitación más exigente: mirar el fenómeno en su territorio, en su historia y en su contexto. Y esa conversación, lejos de agotarse en una tendencia digital, apenas comienza.
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