El Bosque en contexto

La perspectiva de género en la investigación no se reduce a una variable

Autor: Comunicaciones

02 de Septiembre de 2026

Tiempo de lectura: 9 minutos

Un par de gafas y una lupa sobre un libro abierto, en referencia a la investigación con perspectiva de género
Incorporar esta mirada implica revisar cómo se diseña y desarrolla un estudio, desde la metodología y la muestra hasta la producción y difusión.

Una investigación puede tener perspectiva de género sin que la palabra "género" aparezca una sola vez. Así lo explicaron José Antonio Frías, profesor titular de la Universidad de Salamanca, y Fidel Mauricio Ramírez Aristizabal, director de Posgrados de la Facultad de Educación de la Universidad El Bosque. La diferencia, coinciden, no está en el tema que se estudia, sino en cómo se diseña el estudio desde el principio. Y ahí, dicen, es donde casi todo puede salir mal.

Incluir esta perspectiva no significa agregar una pregunta sobre el sexo de quienes participan al final de un cuestionario, ni que el estudio trate directamente sobre mujeres o sobre desigualdad. Significa que esa mirada atraviese toda la investigación —su concepción, su metodología, su desarrollo, la muestra con la que se trabaja— y no aparezca solo al final, como una variable más entre otras.

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El término "perspectiva de género" se consolidó y popularizó a nivel global después de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, organizada por las Naciones Unidas (ONU) en Beijing en 1995, donde 189 países adoptaron una plataforma de acción para integrar esta mirada de forma transversal en las políticas públicas. Frías ubica ahí el punto de quiebre: fue cuando los programas centrados únicamente en "igualdad de género" empezaron a mostrar resultados limitados y se planteó la alternativa más transversal que se usa hoy.

Cuando marcar la casilla no basta

Profesor José Antonio Frías, de la Universidad de Salamanca, España.

En España, y en general en la Unión Europea, incluir perspectiva de género en un proyecto de investigación ya es casi obligatorio: los ministerios y las convocatorias competitivas lo exigen. El problema, advierte Frías, es que con frecuencia eso se queda en el papel. Quienes formulan el proyecto no siempre tienen la sensibilidad necesaria, así que terminan introduciendo el sexo como una variable más, sin que el diseño metodológico cambie en nada.

Hay un riesgo mayor, según Ramírez: que la perspectiva de género se convierta en un cliché, algo que se incorpora para resultar llamativo —o para conseguir financiación— sin que haya un desarrollo real detrás. Pone un ejemplo concreto: en muchos estudios sobre personas trans, estas siguen siendo objeto de estudio y no sujetos de producción de conocimiento. Investigaciones que podrían ser valiosas terminan siendo, en sus palabras, ejercicios extractivistas de saberes ajenos. Cita el principio "nada sobre nosotros sin nosotros" y menciona desarrollos como las epistemologías feministas y queer, que cuestionan la manera misma en que se produce conocimiento académico, incluyendo saberes que no nacen en revistas indexadas, sino en contextos comunitarios.

La responsabilidad final, insiste Ramírez, recae en los sistemas que evalúan la investigación: mientras el criterio para medir a alguien siga siendo acumular publicaciones, la perspectiva de género seguirá siendo, para muchos, una casilla más que marcar. Trae un ejemplo del contexto colombiano: el debate generado por una circular del ICBF que propone reemplazar el concepto de "niñas" por el de "infancias". Su argumento es que hablar de la violencia sexual en términos genéricos borra un patrón que los datos oficiales sí confirman: según cifras de la Fiscalía General de la Nación citadas por la Defensoría del Pueblo, el 84 % de las víctimas de delitos sexuales en el país son mujeres, y casi la mitad de ellas, niñas o adolescentes. Perder ese foco, advierte Ramírez, es perder también la posibilidad de diseñar estrategias que respondan a quién está siendo afectado realmente.

La perspectiva de género seguirá siendo, para muchos, una casilla más que marcar.

— Fidel Ramírez, Universidad El Bosque

Por qué esto no es solo un asunto de las ciencias sociales

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Investigar con esta perspectiva, explica Ramírez, también implica visibilizar relaciones de poder que no solo afectan a mujeres, sino a cuerpos disidentes sexualmente y, de forma menos discutida, a los propios hombres. En su trabajo sobre epidemiología social ha encontrado que ciertas masculinidades hegemónicas —consultar menos al médico, abandonar tratamientos, exponerse más a conflictos que terminan en muerte— producen lo que la literatura llama "años perdidos por discapacidad". El patriarcado, resume, también les cobra factura a los hombres.

La transversalidad no es solo teoría. En España ya existen revistas especializadas en estudios de género aplicados a salud y a derecho, y buena parte de lo que hoy se cita en ciencias sociales proviene, en realidad, de investigaciones en ciencias de la salud —en particular, del trabajo con personas intersexuales, que reveló cuánto de lo que se asumía "biológico" era, en el fondo, cultural, recuerda Frías.

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Otro ejemplo tiene que ver con el diseño arquitectónico: investigadoras han documentado cómo ciertas decisiones de construcción reproducen lógicas patriarcales a través de lo que Ramírez llama "microdesigualdades". La perspectiva de género, insiste, son unas gafas para leer realidades plurales. Por eso no debería sorprender encontrarla en un laboratorio, un juzgado o un plano arquitectónico —ni resultar extraña en un estudio que jamás use la palabra "género".

La perspectiva de género son unas gafas para leer realidades plurales.

— Fidel Ramírez, Universidad El Bosque

Lo que queda por hacer

¿Por dónde debería empezar una universidad que quiera incorporar esta perspectiva de forma transversal —no solo en un programa dedicado al tema, sino en toda su investigación? Para Frías, el primer paso es exigir la perspectiva de género en cualquier propuesta de investigación. Pero advierte que eso no basta por sí solo: en su universidad ya existen cursos de formación para el profesorado, y quienes los toman suelen ser personas que ya tenían esa sensibilidad desde antes. El resto, simplemente, no se inscribe.

El punto de la formación tiene, para Ramírez, una raíz más profunda: los feminismos enseñaron que la supuesta objetividad de la ciencia es una ficción, porque los fenómenos sociales no afectan igual a todas las personas —y esa diferencia se agudiza cuando se cruza con raza, clase u orientación sexual, en el marco de la interseccionalidad. Sin esa comprensión de base, insiste, cualquier exigencia institucional se queda en formalidad.

Esa misma lógica atraviesa otras áreas del proceso investigativo, como las bibliotecas y las oficinas de comunicación. El diagnóstico sobre las bibliotecas es técnico y poco visible: el androcentrismo y la heteronormatividad atraviesan todo el proceso de recuperación de información, y los tesauros —los vocabularios controlados con los que se catalogan y se buscan contenidos— reproducen, casi siempre sin que nadie lo note, esas mismas lógicas.

Al final de esa cadena está la difusión y la divulgación. Sobre el rol de las oficinas de comunicación universitarias, Frías no suaviza la respuesta: en su experiencia en España, su labor suele limitarse a difundir la actividad universitaria, sin profundizar en el contenido.

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Ese mismo problema de fondo —comunicar sin detenerse a pensar en el lenguaje— aparece también en cómo se cubren las noticias, señala Ramírez. Recuerda un titular que leyó hace tiempo: dos mujeres solas fueron abusadas en la carretera. Si eran dos, pregunta, ¿en qué sentido estaban solas? Ese giro nunca se aplicaría si las víctimas fueran hombres, y el problema no es la mala intención de quien tituló, sino el descuido. Quienes comunican, dice, construyen una postura tanto por lo que dicen como por lo que callan —y esa misma responsabilidad aplica a la universidad, no solo a los medios. Por eso su apuesta no es solo metodológica: es que el conocimiento tiene la capacidad de cotidianizar, de hacer visibles y normales realidades que durante mucho tiempo no lo fueron.

José Antonio Frías, profesor de la Universidad de Salamanca, y Fidel Ramírez Aristizabal, director de Posgrados en Educación de la Universidad El Bosque, durante su encuentro sobre investigación con perspectiva de género

Frías llegó a El Bosque en el marco del convenio con la Universidad de Salamanca, para el conversatorio 'Investigación con perspectiva de género' y una serie de encuentros con el grupo de investigación y con estudiantes, centrados en internacionalización y bibliometría. Su lugar en esa conversación no es incidental: buena parte de su trabajo académico está justo en el cruce entre la comunicación científica y los estudios de género —cómo se cataloga, se cita y se visibiliza, o no, la producción de las investigadoras—, lo que explica por qué su mirada aparece tanto en la teoría como en el detalle técnico de bibliotecas y tesauros.

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