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Autor: Comunicaciones
13 de Octubre de 2026
Tiempo de lectura: 12 minutos
Carolina Gutiérrez López y Luz Angela Rojas son docentes de la Facultad de Medicina de la Universidad El Bosque. Como profesionales de la salud, conocían el cáncer de mama, hasta que les tocó vivirlo. Una lleva nueve años desde el diagnóstico; la otra, diez meses. Hoy quieren que su experiencia sirva para que otras y otros asistan a sus chequeos médicos y reconozcan la importancia de realizarse el autoexamen de mama.
Carolina recibió su diagnóstico el 5 de junio de 2017; Luz Angela, el 11 de diciembre de 2025. “Creo que la fecha nunca se nos va a olvidar”, dice Carolina.
Las dos llegaron al diagnóstico sabiendo más que la mayoría de los pacientes. Carolina es enfermera, magíster en Enfermería en Gestión de Servicios de Salud y doctora en Salud Pública; enseña en el Programa de Medicina y en el Doctorado en Salud Pública. Luz Ángela es psiquiatra, especialista en adicciones, magíster en Salud Pública y Epidemiología y doctora en Ciencias de la Salud; enseña en el área psicosocial del Programa de Medicina y acompaña el mismo doctorado.
Ese conocimiento no alcanzaba. “Uno lleva el concepto médico clínico de lo que es, pero ya sentir esos químicos, sentir una radioterapia en tu cuerpo es otro tema”, dice Carolina.
EN CIFRAS
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En abril de 2016, Carolina acababa de regresar al país después de casi seis años en Brasil, donde hizo su doctorado en la Universidad de São Paulo. Madre soltera de una niña de unos seis años, buscaba empleo y con trabajos de corta contratación no contaba con una EPS. En ese mismo año en julio logra vincularse a una universidad, media jornada, y para el 2017 fue a su chequeo anual con su hija.
Allí recibió el diagnóstico delante de la niña: carcinoma ductal infiltrante grado IIA en el seno derecho. “La gente no es prudente”, dice sobre ese momento. “Mamá, ¿qué es lo que pasa?”, le preguntó su hija al verle la cara. “Es como difícil de asimilar en su momento”, recuerda Carolina.
Eligió el silencio. A la cita de resultados la acompañó una amiga de muchos años, y a sus padres se lo contó cuatro o cinco meses después. En las entrevistas de trabajo prefirió no mencionarlo para no cerrarse puertas: necesitaba el empleo para responder por su hija.
Luz Angela conocía el riesgo. Su mamá tuvo cáncer de mama a los 51 años, y por eso ella se hacía controles desde los 35 años. En 2025 aplazó tres meses su examen anual “por las excusas que uno siempre pone”: el trabajo, el hospital, un congreso. Sintió culpa por ese aplazamiento, hasta que su ginecóloga le explicó que tres meses no eran motivo para responsabilizarse por la enfermedad.
En octubre, el Hospital Fray Bartolomé de las Casas, de la Subred Norte, donde trabaja, hizo su campaña del mes rosa. Tanto insistieron allí, que se hizo el autoexamen. Encontró una masa. “Uno lo sabe, está en la conciencia, pero como que uno sigue dudando”, cuenta. Tardó casi dos semanas en pedir la cita médica con ginecología.
A la biopsia fue sola, sin pedirle a su esposo que la acompañara. “Yo sé que, si le hubiera dicho, él hubiera ido conmigo”, reconoce. Todavía pensaba que no sería nada. Durante los quince días de espera pasó noches buscando en Google las características de una ecografía maligna.
El 11 de diciembre también fue sola a la cita con el cirujano de mama. “Mira, está muy grande, tiene dos centímetros, hay que hacer quimioterapia”, le dijo. Ella sintió “como una disociación, como si no estuviera ahí, como si fuera otro”.
De allí salió para la fiesta de fin de año del hospital.
“Me fui llorando en el taxi, llegué allá, me limpié las lágrimas y me bajé como si nada”. Luz Angela Rojas Bernal |
A diferencia de Carolina, Luz Angela decidió contárselo a todo el mundo desde que encontró la masa, incluso a su jefe. Lo hacía, dice, para irse haciendo a la idea. Así, cuando la vieran sin pelo, nadie tendría que preguntar.
Los trámites con la EPS retrasaron a Carolina: empezó la quimioterapia dos o tres meses después del diagnóstico, cuando la masa ya había crecido a dos centímetros y medio. Fueron seis meses de quimioterapia, luego una mastectomía del seno derecho y después radioterapia, que le resultó “más llevadera”. La cirugía le limitó el movimiento del brazo, algo duro para alguien que practica deporte.
En el trabajo que tenía entonces, el diagnóstico no encontró comprensión. Los efectos de la quimioterapia le restaban energía, y lo que recibió fueron reclamos por su rendimiento y una reducción de horas, justo cuando más necesitaba el ingreso. “Lo más duro es que son profesionales del área de la salud”, dice.
Ella pasó las quimioterapias a los viernes para que los síntomas coincidieran con el fin de semana. El lunes, aunque todavía se sentía mal, volvía al trabajo. Fue su papá quien asumió los cuidados. “Mi papá era el enfermero”, dice.
Antes de perder el cabello, se lo cortó y mandó a hacer una peluca con su propio pelo. Un día, en plena clase con estudiantes de Medicina, la peluca se cayó. Los estudiantes se rieron.
| “Sí, yo soy paciente de cáncer. ¿Cuál es la parte humana de ustedes?” Carolina Gutiérrez López, a sus estudiantes |
“Ustedes se están formando para ser médicos. Creo que esto es una falta de respeto con un paciente oncológico”, les dijo. El salón quedó en silencio. Ella se quitó la peluca.
Perder el cabello no le afectó tanto como perder las pestañas, algo que también vivió Luz Angela. Nueve años después, Carolina sigue en controles y todavía le esperan cirugías de reconstrucción del seno, aunque confiesa que ya la cansan. El cabello, en cambio, volvió a crecer, y eso la hace sentir orgullosa.
A Luz Ángela le diagnosticaron un adenocarcinoma de mama en estadio IIB, y la primera quimioterapia llegó tres semanas después. Sus padres empacaron todo en Medellín y se mudaron a Bogotá para acompañarla. Aunque ella insistía en que podía ir sola, su mamá la acompañó a las infusiones. Su esposo la llevaba y la recogía, y fue él quien le rapó la cabeza cuando el cabello empezó a caerse.
En enero había empezado a trabajar en El Bosque. Hasta marzo combinó la quimioterapia semanal con su trabajo diario en el hospital, y aceptó además una cátedra en otra universidad: clase los jueves, quimioterapia los viernes, clase los sábados. Hasta sus estudiantes la miraban con asombro. En marzo ya no pudo más y suspendió su contrato en el hospital hasta agosto. Cuando recuerda esos meses, se pregunta: “¿Cómo pude?”. Hoy lo mira de otra forma: dice que hay que “aprender a soltar y dejarse cuidar”.
Su tratamiento sigue. Le faltan siete sesiones de inmunoterapia, una cada tres semanas, y tomará bloqueo hormonal durante al menos siete años, con los síntomas de una menopausia temprana. “Uno no sabe bien dónde está”, dice.
“Yo diría que me espera ser paciente de aquí a quién sabe”. Luz Angela Rojas Bernal | |
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Octubre suele llenarse de palabras como “lucha” o “guerrera”. A Carolina no le dicen mucho: “Lo de guerrera y lucha, para mí fue saco roto”. A Luz Angela no le molesta; le importa más que el mensaje llegue a quienes lo necesitan. En lo que coinciden es en que no lo eligieron. “Es que uno no tiene de otra. ¿Qué hacemos? Tocó”, dice Luz Angela. Y como ha dicho en otras ocasiones, “uno no elige lo que le pasa, sino qué hace con lo que le pasa”.
Una pregunta bienintencionada les pesaba a las dos: “¿Cómo estás?”. “Si estoy pasando por una quimio, no voy a estar bien”, dice Carolina. Luz Angela, cuando recibía esos mensajes en pleno tratamiento, se tomaba unos tres días y luego respondía, por amabilidad. Lo que sí sirve, según Carolina, son preguntas que se traducen en compañía: “¿En qué te puedo ayudar?” o “Cuando tengas la cita, ¿quieres que te acompañe?”.
También les sirvió encontrar comprensión en el trabajo. Cuando Luz Angela contó en la Universidad El Bosque que tenía un diagnóstico de cáncer de mama y no sabía qué iba a pasar, la respuesta fue: “No importa, contrátenla”. Carolina, cuando ya no aguantaba más la presión, encontró en sus jefes la misma actitud: “¿Y cuál es el problema? Venga, trabaje con nosotros”. “Si uno trabaja feliz, trabaja más”, resume Luz Angela.
Por encima de todo, las dos quieren que nadie deje para después el cuidado de su salud. Llegaron al diagnóstico por caminos distintos: Carolina, en su control anual; Luz Angela, al notar un cambio en su seno y consultar. “Si no hubiera sido por eso, a lo mejor cuando lo hubiera identificado hubiera estado muy avanzada la enfermedad”, dice Luz Angela.
Por eso participa en la Asociación AMESE (Apoyo a Mujeres con Enfermedades del Seno) y habla del tema cada vez que puede. “Esto le puede pasar a cualquiera”, insiste.
Luz Angela insiste en que cada mujer conozca sus senos y consulte ante cualquier cambio. Detectar el cáncer de mama a tiempo permite identificar la enfermedad en etapas más tempranas y puede mejorar el pronóstico y las opciones de tratamiento.
PARA TENER EN CUENTA ¿Qué cambios pueden ser señales de alerta del cáncer de mama?Según el Ministerio de Salud, hay que consultar al médico ante cualquiera de estas señales:
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Conocerse es el primer paso, y se complementa con los controles médicos. Para las mujeres sin síntomas, el Ministerio recomienda:
Edad | Control | Frecuencia |
|---|---|---|
Desde los 20 años | Examen clínico de mama, hecho por un profesional | Al menos cada tres años |
Desde los 40 años | Examen clínico de mama | Cada año |
Entre los 50 y los 69 años | Mamografía | Cada dos años |
Los antecedentes familiares, como en el caso de Luz Angela, cambian la valoración del riesgo: quienes los tienen deben acordar con su médico cuándo empezar. Conocer los cambios habituales de los senos ayuda a identificar señales de alerta, pero no reemplaza la valoración médica ni los exámenes de detección recomendados según la edad y el riesgo individual.
A sus colegas, que suelen poner el trabajo por delante de su propia salud, les deja una pregunta: “¿Cómo vas a ser cuidador si no te cuidas a ti mismo?”.
Ese es el aprendizaje que quieren llevar a las aulas. Luz Angela cree que compartir estas historias sirve a los estudiantes para ver que, aun en medio de algo así, la vida sigue. Carolina, que conocía el concepto médico antes de vivirlo, cree que eso es lo que hay que enseñar: “La parte humana es lo más fundamental, escuchar al otro”.
Por eso insiste en formar profesionales de la salud que pregunten cómo vive la persona y qué le pasa, y que entiendan que tener cáncer “no es sinónimo de muerte, sino que miremos en qué proceso está y miremos cómo podemos intervenir”.
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